domingo, 15 de enero de 2012

Desesperación y de la calma


En Sueño Profético hablaban de la desesperación y de la calma.

Dijo una mujer:

Yo vi siempre de pequeña, en mi casa, hacer todo con calma. A mi madre no le alborotaban los sufrimientos. Cuando más sufría, más pensaba las cosas.

Largo tiempo estuvo mi padre haciendo vida de desorden y, día sí y no, a mi casa no iba. Acabó yéndose lejos, y yo algunos años crecí sin ver a mi padre; tenía tres hermanos mayores que yo y dos más pequeños. Mis dos hermanos mayores trabajaban en una vaquería: hacían el ordeño bien temprano y cuidaban de las vacas. Yo, un tiempo después, me fui con los chiquillos de este dueño, de niñera y mi madre ponía y quitaba unos puestos en el mercado. En esta misma plaza había una iglesia, que mi madre se metía a pedir por sus hijos y su marido, bien dicho: mi padre.

Había una vecina que siempre estaba en actitud de desesperación, y un día, cuando la vio que en la iglesia entraba, le hizo esta pregunta:

–¿No se te ocurrirá pedirle a Dios por tu marido, que la vida le alargue? Tú le pides la muerte, ¿verdad?

Llanto de pena le costó oír estas preguntas. Ella que no dejaba el quitar y poner los puestos, por entrar en la iglesia sus ratos y esta súplica hacía a Dios: “Señor, nadie querrá al padre mejor que los hijos. Y si enferma, tiene seis que pueden cuidarlo, por si mi cuido no quisiera”. Ésta era la oración de mi madre.

Desperté, oí:

Mi madre tenía calma,
porque tenía Paz.

Mi madre tenía Paz,
porque vivía con Dios.

La Paz no oía el consejo
que le daba la desesperación.

La que daba este consejo,
fijo que no amaba a Dios.

Ella llevó a su marido
con la Paz y la oración.


***

Libro 6 - Dios Manda en Su Gloria Que Enseñen - Tomo I - Pag. 111-112