lunes, 20 de febrero de 2012

“El hombre que más sabe”


En Sueño Profético decían:

No sabe más
el que dicen que más sabe.

El saber saber,
es saber aquello
que es lo que más vale,
es no quitar el valor
a las cosas espirituales.

El que Aquí dé valor,
sí puedes decir que sabe.

El que se inclina dando valor
a las cosas materiales,
no le hagas muchas preguntas,
confiándote en que sabe,
que es un saber tan tonto
como a la Luna soplarle.

Dijo uno que cuando vivió con materia le llamaban: “El hombre que más sabe”:

Yo mismo voy a contar
el porqué de así llamarme:

Me gustaba pararme a pensar
las cosas materiales;
le daba el valor
a lo que no mandaba el hombre;
vivía una vida de Paz,
pero una Paz tan grande,
que de mí se retiraba
la intranquilidad.

Los malos humores,
los pensamientos oscuros,
las iras y los corajes.
nadie pudo ver en mí.

El que tenía sufrimientos
por las cosas materiales,
pronto venía en mi busca,
y yo, antes de escucharle,
le nombraba a Dios del Cielo,
y ya empezaba a aplacarse.

Este era mi consejo:

¿Cuánto tiempo tienes de vida?
¡Seguro que no lo sabes!
Si piensas en este premio,
se te quitan los corajes.

Vive con la Paz de Dios,
y echa los sufrimientos al aire,
que cogerán el camino
de los hombres que no saben.

¿Tú has pensado en el Mundo
que Allí ya somos iguales,
que allí no cabe materia
por ser el Amor tan grande,
que Allí sólo te presentas
con la llamada del Padre?

Desperté, oí:

¡Qué bien puesto estuvo el nombre
“el hombre que más sabe”!

Quiere que aprecien valor,
adonde valor lo hay.

Todo el que lo buscaba,
se llevaba algo de Dios,
y allí dejaba corajes.

Esto se cundió en el pueblo,
y siempre que alguien quería
quitar su tribulación,
"al que más sabe” acudía.

Oías de boca en boca:
“es el hombre que más sabe,
porque te da palabras
que te remedían tus males”.

Era el hombre que pensando,
Saber venía a aconsejarle.

Pero le venía del Cielo,
ondeando por los aires.

Éste es Saber de Dios,
que vuelve de donde sale.

Que Dios lo manda saber
al que sabe que no sabe.


***

Libro 6 - Dios Manda En Su Gloria Que Enseñen - Tomo I - Pag. 229-230-231