sábado, 25 de febrero de 2012

¡Qué Bueno eres, Señor!


En Sueño Profético yo decía:

Señor, ¡qué Bueno eres! Enfádate cuando yo te ofenda, cuando yo te haya querido ofender. Si por falta de paciencia te ofendiera, no es mía la culpa.

Apareció una mujer vestida como cuando Dios vivió de Hombre, y dijo:

Yo soy de Samaria, y éstas eran mis palabras, bastantes veces repetidas, cuando mi vida con materia: “Maestro, ¡qué Bueno eres!

Yo presencié varias veces maltratarlo de palabra. Esto que voy a decir, no pongo ni quito nada:

Venía yo con mi hijo y la yegua, de por agua, y de donde yo venía iba el Maestro, Tomás, Mateo y Matías. Venían casi igualados unos cuantos con nosotros. Y al rozarse las ropas de juntos que se cruzaron, dijo uno:

–¡Bien está ya tanto engaño, tanto Dios, tanto Maestro!

Este Dios quedó de piedra, con daño hecho por dentro. Quisieron cogerle el Brazo, y los tres se precipitaron a terminar con los cuerpos, con los cuerpos que vivían por quien ellos ofendían.

Pidió el Maestro obediencia, y obediencia le dieron. Pero mi hijo, que estaba hablando siempre con ellos, con Pedro o con Felipe, con Juan siempre iba a buscarlo, y su ansiedad era crecer. No amanecía un día que cambiara estas palabras: “Madre, cuando crezca, me pierdes. Me iré con los que siguen al Maestro”. Pues tenía 13 años–, se acercó al Maestro y le dijo:

–¡Qué Bueno eres Maestro! ¿Quieres que yo les pegue, que no soy tu Discípulo?

Contestó el Maestro:

–Tu no eres mi Discípulo, pero eres un espíritu de la Gloria de mi Padre, que ya vives Gloria suya, y no puedes manchar la Gloria y tu inocencia con el pecado. En este momento ya los está juzgando mi Padre.

Desperté, oí:

¡Qué Bueno eres, Señor!,
que dejas que haga el hombre,
lo que ahí quiera,
en contra de Dios.

Señor, ¡qué Bueno eres!
¡Qué Bueno eres, Señor!,
que el hombre pasa, te insulta,
y queriendo golpearte,
no consientes que los tuyos
la mano se la levanten.

Qué alegría como el pequeño,
que soñaba con crecer,
para irse de su casa
y al Maestro obedecer.

Él aprendió de su madre
esta frase al nacer:
¡Qué Bueno eres, Maestro!
El Maestro, ¡qué Bueno es!

Él siempre veía en la madre,
al Maestro antes que a nadie.

La madre, de Dios le habló,
y el hijo, se le perdió.

Se le perdió cuando pudo
seguir Camino de Dios.


***

Libro 7 - Investigaciones a La Verdad - Tomo I - Pag. 117-118-119