sábado, 3 de marzo de 2012

Si quieres el espíritu, recuerdas la materia como objeto que Dios te dio


En Sueño Profético decían:

No puedes amar a Dios y no querer la materia. La materia es de Dios. Dios permite la materia sirva el traje al espíritu que Él manda. No querer este traje es despreciar lo que Dios ya permite para sus espíritus.

El espíritu de Dios lo manda cuando ya ha permitido la materia. Esta materia es parte del hombre, pero el espíritu es sólo de Dios; Aquí, el hombre, no toma parte ninguna. Puede nacer una materia sana, pero sin espíritu: materia permitida por Dios, y espíritu que Dios no manda.

Dios se trae el espíritu, y Dios manda el espíritu. Ya Dios quiere tú quieras y cuides la carne; al querer y cuidar, ya tienes que sentir esta carne que antes Dios te permitió. No querer esta carne –traje del espíritu–, es no querer al espíritu, que éste sí es de Dios; es espíritu que Dios deja en Libertad, por no hacer de Dios.

María, La Sierva de Dios, acepta lo que el Padre manda, pero sus ojos siempre estaban llenos de lágrimas. Tenía la Presencia del Hijo, pero le faltaba la Presencia del Hijo con Materia.

Los Discípulos, y los que no creían que iban a poder pasar sin Maestro, tenían la Enseñanza del mismo Dios, pero todos éstos lloraron al Maestro sin que al Maestro esto Le extrañara, una vez que Él les había dicho: “Amaos como Yo os he amado. Yo voy al Padre, y vendrá mi Espíritu”.

Ellos pensaban: “Su Espíritu vendrá y nos amará, pero su Carne ya no estará más entre nosotros. ¡Cómo no llorar esto! ¡Cómo Dios se iba a enfadar!”.

Desperté, oí:

Si quieres el espíritu,
recuerdas la materia
como objeto que Dios te dio.

Si no quieres el espíritu,
no quieres nada de Dios.

El espíritu que no se quiere,
es el que no pertenece a Dios,
y su carne no recuerdas,
porque no habita con Dios.

La carne tampoco es tuya,
la carne también es de Dios.

Da la oración al espíritu,
y a la carne corrección.

La Virgen derramó lágrimas,
y sabía era Dios.


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Libro 2 - Meditaciones y Palabras Directas con El Padre Eterno - Tomo II - Pag. 238-239-240