jueves, 12 de abril de 2012

No hay peor vivir, que vivir sabiendo que tú eres culpable


En Sueño Profético decían:

No hay peor vivir,
que vivir sabiendo
que tú eres culpable.

Hay cosas en la vida,
que no las sabe nadie,
pero en sabiéndolas tú,
basta "pa" mortificarte.

Hay cosas que mal hiciste,
que no se favoreció nadie,
ni le ganaste dinero,
y en el Infierno te entraste.

Esto ocurre muchas veces
por el mando que el hombre coge,
por el poderío que le da el hombre.

Los cargos de ahí de la Tierra,
debían de sortearse
para el hombre que a Dios quisiera,
pero que este sorteo
fuera dentro de los que menos
tienen apego a la Tierra.

Entonces sería el hombre
cumplidor de estas sentencias:
“A Dios lo que es de Dios,
y al César lo que es del César”.
Pero el hombre coge el cargo
y olvida estas sentencias.

Dijo uno:

Un amigo mío murió,
y murió lleno de pena,
que nadie supo el sufrir
hasta que dejó materia.

Uno que sabía más que él,
de ese saber de la Tierra,
le hizo un documento
que lo suyo, ya no era.
Esto pasó en propiedad
del que le hizo firmar
al revés de la sentencia:
“pa” el César fue lo de Dios,
y “pa” Dios fue lo del César.

Yo fui el único que supe
cuando en gravedad entró.
Luego, cuando ya fue muerto,
nadie jamás lo vio.
Pero lo veía el único
que la sentencia cambió.

Desperté, oí:

Este que cambió sentencia,
siempre lo tenía delante.

Estaba con los amigos
en los salones de juego,
y la cara le cambiaba,
y su vista iba al suelo.

Había hecho una injusticia,
sabiendo que Dios del Cielo
le mandaría castigo,
estando siempre a éste viendo.

Él sabía este castigo,
porque cuando ya muriendo,
dice que en su casa oyó:

Muerto quedaré para el hombre,
y vivo siempre con Dios,
que Dios manda que te diga
que siempre oirás mi voz.

Estas palabras Dios manda,
que te diga,
que siempre oirás mi voz.

Fueron las que publicaron
lo que sabían los dos.

No es vivir haciendo mal,
aunque dispongas de mando,
que puede que el muerto ahí,
Dios, vivo ahí te lo esté mandando.

Porque en la Gloria de Dios,
nunca se acaban los mandos.


***

Libro 8 - Dios No Quiere, Permite - Tomo I - Pag. 159-160-161-162