martes, 1 de mayo de 2012

El Carretero de Dios


En Sueño Profético decían:

Cierto es, que cuando se ama a Dios, no hace falta que lo digas con palabras.

Tengo presente un diálogo que yo mismo provoqué:

Antes de soltar la materia, vi en un camino a un carretero que me hizo pararme, y tuve yo que pararlo a él. Éste iba a unas fincas a recoger los encargos: paquetes, recados o papeleos que él entregaba en mano. Lo conocían por “el carretero que en su carro iba Dios con él”. Era un hombre joven, casado y con dos hijos. Siempre veías el carretero con su mujer y sus dos hijos; los cuatro trabajaban contentos. Yo había oído comentarios de esta bendita familia. ¡Pero qué distinto era ver al carretero con su carro, Dios y su familia! Al pasar por el lado de unos cuantos que íbamos de distinta posición, ¡y tan distinta!, vimos a este hombre que canturreando y siguiéndolo todos, te daba Paz de Dios. Este fue el saludo:

   –¡Dios vaya con vosotros, y en mi carro no falte, que eso es Dios!

Al oír esto, paramos el carro con nuestra petición.

   –¿Sois familia?

Paró y ya nos contó su forma de vida, y ya vimos su Amor a Dios. Los cuatro llevaban a Dios en sus gestos. El chico tenía diez años y el mayor unos doce. A lo que preguntamos nos contestó:

   –Soy recadero de todos estos contornos, porque antes fue mi padre. Más chico que mi Juanico, mucho más –y señaló al chico–, ya iba yo con mi padre, que era un santo. Mi madre murió cuando yo tenía cuatro años, y mi padre me cogió de compañero. Siempre estaba con estas palabras: “Hijo, si te llegas a casar, nunca dejes de estar con tu mujer y tus hijos. Acostúmbralos a que no puedan pasar sin ti, como yo hice con madre y contigo. Hoy ya hace quince años que murió; sigue a lo que la acostumbré, y viene en el carro con nosotros. ¿Tú no sientes su contento?”. Estas palabras tanto se me entraron, que vivo como ellos vivían.

Desperté, oí:

Cuatro veían en el carro,
con los ojos de la carne.

Pero iba esta familia,
los abuelos, suegros y padres.

Esto es lo que no sabía
el que oía los comentarios.

Decían: “¡Va Dios con él!”,
por la alegría del carro.

Los fríos y los calores,
las madrugadas y las lluvias,
los cuatro con Dios pasaban.

La madre era la primera
que en la puerta ya esperaba.

Si tenía ropa sucia,
arroyos ellos pasaban.

Que con alegría de Dios,
allí mismo enjabonaba.

A la casa ya llegaba
la ropa hasta planchada.

Los chiquillos estiraban
con maña los pantalones,
que parecían que estaban
planchados por profesionales.

En el carro iba Dios,
y lo veías sin preguntarle,
porque Dios se deja ver
tan sólo con querer amarle.

“El Carretero de Dios”,
tuvo nombre alguna calle.


***

Libro 6 - Dios Manda en Su Gloria Que Enseñen - Tomo I - Pag. 139-140-141-142