viernes, 18 de mayo de 2012

Medicamento para la enfermedad del espíritu

En Sueño Profético hablaban de los espíritus del mal; decían las muchas formas que tienen de arrancar al espíritu para que haga lo que no es de Dios. La mayoría de los espíritus se sienten mandados y acomplejados a su voluntad, recibiendo el mando de la materia, aceptando y cumpliendo lo que le impone el pecado.

El hombre vive arrastrado por una fuerte corriente, sin saber adónde va, sin saber el final que tendrá.

El hombre nunca ha sido enseñado a conocer los síntomas del empiezo del pecado o condenación.

El hombre no ha pensado que lo mismo que en la carne empiezan los primeros síntomas de la enfermedad, avisando de dónde está el mal, para ponerle el tratamiento, pues con más claridad empiezan los síntomas de la enfermedad del espíritu.

Comparemos síntomas de la carne: fiebre, desgana, deformación del algún remo, líquidos que salen del organismo con grande alarma, inseguridad en el andar, y muchos más aquí no citados. En ningún síntoma de éstos manda el médico medicamento para aumentar el mal.

Ahora citamos síntomas del espíritu: inapetencia a cumplir los Mandamientos de Dios, no preocuparse del Prójimo, empezar demostrando la soberbia, admitir amistades que practican el pecado, no querer decir que el pecado es pecado, tener pereza para las cosas de Dios, ir presentando tu carne como si no tuviera dueño. Y ya cierro el Arrobo: no buscando y desmintiendo donde Dios habla.

Desperté, oí:

El hombre no acorta ni da medicamento para cortar la enfermedad del espíritu.

El hombre no pregunta ni lee los Mandamientos para coger la Medicina que puede cortarle el pecado.

El hombre no usa el termómetro de su conciencia.

El hombre le da risa a Satanás y llanto a Dios.

Si el hombre dejara al cuerpo seguir la línea de Dios, habría pocos pecadores y muchos más de los de Dios.

Los síntomas del pecado te los puedes tú curar.

Primero mira al Cielo, antes que puedas pisar la raya que Dios nos traza para poder caminar.

Esta raya es la frontera de Dios en la Eternidad.

La carne queda sin dueño, por más cuido que le das.

Si el espíritu no enferma, a Dios no haces llorar.


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Libro 8 - Dios No Quiere, Permite - Tomo I - Pag. 114-115-116