viernes, 15 de junio de 2012

Esta rosa es la Pureza de Dios

En Sueño Profético vi un arroyo –pasaba el agua con fuerza– y una piedra grande, como una tabla. Empezó a hablar uno y dijo:

Este hecho que voy a contar quedará impreso para que llegue al alcance de todos. Esto ocurrió a los 400 años que crucificaron a Dios Hombre, al que vino amando y perdonando, y el hombre Lo mató:

Pasando yo un día por aquí, vi a una niña lavando en esta piedra, y por su manejo y soltura, ya llevaba tiempo haciéndolo. Me paré y le dije:

   –¡Bien enseñada estás! ¿Cuántos años tienes?

Me contestó con su mirada fija y cargada de penas:

   –Tengo diez cumplidos. Soy la mayor de cinco hermanos. Mi madre está muy débil y tiene que guardar cama y no hacer esfuerzos. Mi padre se va al trabajo de noche, y también vuelve de noche. De la cena se guarda comida para el almuerzo que él tiene que comer al otro día. Él y yo cocinamos, también mis hermanos nos ayudan.

Saqué el pañuelo y mis ojos enjugué. Ella, rápida me dijo:

   –Si por mí son las lágrimas, ya yo le voy a contar: “¿Ve aquel árbol que esta allí lejos? Se empieza a correr y correr, y viene hasta aquí mismo, pero ya veo a una mujer. Esto lo vi dos o tres días, y me ponía de pie; me gustaba estar de rodillas, pero entonces no era recibirla. Traía en la mano una flor blanca, que de aquí salía la voz:

Toma, toca esta rosa,
que es la Pureza de Dios.
Teniendo esta Pureza,
en todo verás a Dios,
y ya tus penas serán
como esta rosa de olor:
hermosa y transparente,
y con perfume de Dios.


Yo le dije: ¿Tú quién eres?
¿Tú eres la Madre de Dios?

Me hizo una reverencia,
y palabra no resonó.

Se fue sin verla ya lejos,
y sin decirle adiós,
pero le quedó la gracia
del que tiene aparición,
amor y aceptación
cuando todo sea de Dios.

Desperté, oí:

La niña veía a la Virgen,
porque la mandaba Dios.

La niña veía a la Virgen,
porque amaba mucho a Dios.

No se acostaba una noche
sin ponerse de rodillas
y decir esta oración:
“Dios del Cielo y de la Tierra,
haz que se cure mi madre,
que mi padre no padezca”.

Quería que el padre no sufriera,
aunque niña ella no fuera.


***

Libro 6 - Dios Manda En Su Gloria Que Enseñen - Tomo I - Pag. 196-197-198