lunes, 2 de julio de 2012

Este padre amaba a su hija, pero no a Dios

En Sueño Profético decían:

El hombre no puede detener el espíritu a la carne por mucho que el hombre quiera esta carne.

Me contaba a mí un aperador –que era amigo de mi padre–, que un día, cuando estaba en la plaza reunido con unos cuantos que allí se juntaban por conocer al Maestro –oían hablar de Él, pero no se decidían por tener amigos que no querían al Maestro–, se acercó otro al corro y les dijo:

   –¿Sabéis si pasa por aquí el Maestro?

Y uno contestó:

   –Yo ya estoy viniendo varios días, y Lo veo pasar. ¡Allí viene! ¡Se ve que es Él por el montón de gente que viene!

Se dejó ver para los que Lo amaban y también para los que sus bocas Lo ofendían.

Se acercó éste a Dios Hombre y con el cariño de padre para un hijo, pero no de Amor a Dios, Le dijo:

   –Vengo en busca tuya para que me mandes a quien pueda curar a mi hija, aunque pague el dinero que me pidan por su curación. Yo, como padre, no regatearé nada de lo que me pidan, lo que quiero es la curación.

Salió la Voz de Dios Padre en la Carne de Dios Hijo y dijo:

   –La curación de tu hija hecha por el hombre es tan difícil como que pudieras que un hombre te trajera un puñado de aire, un puñado de agua, un puñado de sol y un puñado de oxígeno. Tan difícil es esto, como querer que el hombre mantenga al espíritu dándole movimiento a la carne. Todo lo nombrado y esto, es Poder de Dios Padre obedeciendo a Dios Hijo. Todo lo creado obedece a la Voz del Cielo, que es Dios Creador. Pídemelo a Mí y Yo se Lo pediré a mi Padre, y la enfermedad obedecerá a su Mando.

Desperté, oí:

El aprender a amar, lo aprendes amando mucho.

Este padre amaba, él quería a la hija. Pero si a Dios no amaba, no podía amar a nadie.

Quería coger a Dios para que Él rogara al hombre la curación de su hija.

Dios sabía y vio que a Él no Lo buscaba, y Dios era el único que podía curarla.

Lo mismo era clavarle sus Pies, que dudar de su Poder.

Cuando Le decían: “Maestro, si Tú quieres, me curas”, pocos seguían enfermos.

A Dios no puedes llamar sin que la contestación sea dar.


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Libro 10 - Hechos de Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo I - Pag. 144-145-146