sábado, 14 de julio de 2012

Querer el daño extender

En Sueño Profético hablaban los Discípulos de Jesús. Contaban hechos ocurridos a ellos y hechos que el mismo Dios les había contado.

Dijo un Discípulo:

Yendo un día caminando muy temprano –otro contesta: tan temprano que podías creer si vendría empiezo de día o de noche–, se paró el Maestro y nos dijo:

   –Cuando ahora más adelante nos salgan unos a preguntar, dejad vuestras lenguas sin movimiento, ya que la respuesta está en Mí, por ya haberla mandado mi Padre.

Seguimos caminando, y ya que estaba el día bien descubierto, nos salieron unos cuantos hombres de aspecto bien presentado. Uno de los más poderosos de entre todos ellos, dijo:

   –¡Dios os guarde! He oído mucho hablar de todos vosotros, y principalmente de Ese que para vosotros es un Maestro.

Adelantó el Maestro unos pasos, y con una Mirada de Grande Poderío dijo:

   –No sigas hablando, que te voy a decir a lo que vienes. Vienes a decirle a éstos–y señaló a los Discípulos– que Yo no soy Dios, que mi Padre no es mi Padre, que levanto y alboroto los espíritus, que ofrezco un Reino que no existe, y que soy un endemoniado.

   –Aquí se han cumplido las primeras palabras que has pronunciado al vernos. Éstos están conmigo y mi Padre los guarda por los siglos sin fin. Hoy están con Dios en Materia. Mañana estaremos en Espíritu con el Padre, que soy Yo.

Todos inclinaron las rodillas, menos el que Dios no lo dejó.

Desperté, oí:

Este hombre hacía más daño que el que sólo no quería a Dios.

Éste era un pudiente en dinero y amistades, y no podía resistir que Dios Hombre estuviera en todas las bocas, diciendo la Paz que dejaba.

Sabía el camino que llevaban, y juntó a otros para derrotarlo.

Ya se le cambió la cara cuando el Maestro le fue diciendo, palabra por palabra, lo que él llevaba pensando.

Que unas cosas les había dicho, pero otras no.

Dios le demuestra el Dios, descubriendo sus palabras, perdonando a los que con él iban, y apartándolo a él.

Es más daño hacer daño,
queriendo el daño extender.

Pues si tú solo haces daño,
es un daño sin poder.

Y puede que este mal te sirva
para que llames a Él.


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Libro 3 - La Palabra del Creador - Tomo I - Pag. 237-238-239