jueves, 9 de agosto de 2012

El vaquero

En Sueño Profético vi muchos árboles, y un fuerte aire les hacía doblarse. Había un hombre con unas vacas, y sujetándose su pellizón porque el aire se lo arrancaba, se agachó y se amparó en unas grandes piedras.

Y dijo uno:

Este mismo cuadro lo vi yo, y ahora cuento la lección que me dio este vaquero:

Pasaba yo en el mismo momento de ocurrir este vendaval. Yo era dueño de aquel caserío, y como capricho cogí un caballo y quise cabalgar después de hacer mi buen almuerzo. Mi cuerpo lo llevaba bastante descansado, mi cabeza sin preocupación porque dinero me sobraba, y los terrenos me ganaban más cada año por ser la gente buena, y estar siempre mimando la tierra.

Cuando empezó el vendaval me puse con desafío, sin querer, mirando al Cielo, y cambié el camino yendo a buen paso ligero, pero el aire era mayor y me paré donde el vaquero. Fue verme y ponerse de pie, y decir estas palabras:

–Dios no deje a usted, que Dios siempre vaya en su compaña.

Esto sin dejar las manos de sus ropajes viejos y sucios, por la suciedad del campo. Pues el fuerte aire los despegaba de su cuerpo; Yo me bajé del caballo, ¡no por hacer cumplimiento!, me bajé porque caía a los empujones del fuerte viento. Con cara de darme algo, me dijo:

–¿Por qué no se mete aquí en esta cueva, hasta que pase este viento? ¡Ande, haga caso de mi!, hasta que vea el árbol derecho. He metido las terneras porque les veía miedo, y me he quedado con las madres porque no cabían dentro, pero también han temblado, y también les note miedo, pero como no cabían, yo no podía estar dentro; Aquí estoy pidiendo a Dios y ya me está respondiendo. Parece que se ha echado el aire, o es que yo ya no lo veo.

Fue mirar a la arboleda, y troncos todos derechos. Este vaquero me hizo pensar que yo no era bueno. Y gracias que yo lo vi, para que yo reformara lo fácil que era vivir haciendo la caridad, aunque fuera entre las vacas.

Desperté, oí:

El dueño de los terrenos,
de las vacas y la arboleda,
se llenó de poderío
y a Dios quiso pedir cuentas.

Había cogido el caballo
con orgullo del que vive
al mundo atropellando.

Cuando Dios dijo a la calma:
“Alboroto de huracán
lo siga por donde vaya”.    

Aquí no podía enfrentarse,
cuando vio que los grandes árboles
eran como arrodillarse.

Aquí le entró el miedo,
sin él poder remediarlo.

Pero el “¡Perdón, Dios mío!”,
fue cuando vio al vaquero
amparándose en las piedras
y “resguardaos” los terneros.

Y queriendo no dejar a las vacas,
aunque él no era el dueño.

El dueño era el que fue
galopando y ofendiendo.

Que luego se hizo santo,
cuando le habló el vaquero.

Porque el vaquero tenía
al Prójimo en los terneros.

Primero acudid al débil,
y Dios como te está viendo,
Él no te mete en la cueva,
te deja al raso y con techo.


***

Libro 6 - Dios Manda en Su Gloria Que Enseñen - Tomo I - Pag. 198-199-200-201