jueves, 6 de septiembre de 2012

Dios era el leñador

En Sueño Profético vi el campo, y varios hombres talaban unos árboles.

Estando uno bien alto subido, y haciendo este trabajo tan pesado y de sacar tanta fuerza de su cuerpo poco alimentado, vieron se cimbreaba. Le dijo uno:

   –¡Baja y no continúes la faena, que puedes darnos un susto!

No hizo ni bajar y quedó desmayado en el suelo. Estaban todos alrededor cuando se presentó el dueño de la hacienda, y mandando que cada uno cogiera el hacha, hizo que continuaran su trabajo, quedando el hambriento solo.

Pasando el Maestro con sus Discípulos y viendo lo ocurrido –pues Él pasó porque ya había visto el hecho– mandó que se salieran las hachas de los palos, como protesta al ingrato dueño.

Aquel cuerpo ya no tuvo
ni el menor movimiento,
fue echado en una carreta
y llevado al cementerio.

Aquello se fue comentando
donde había campo y dueño,
y no encontró quien talara
ni quien le sembrara aquello.

Quedando aquellas hectáreas
de vivienda para los cuervos,
de vivienda sin comida,
que comida llevarían ellos.

Este dueño ya quedó
sin ser dueño de aquello,
se ocultaba si oía:
“Aquí ocurrió aquel hecho”.

Iban de todas las comarcas
a ver aquellos terrenos.
No se veía ni una hierba,
ni en verano ni en invierno.  
 
Desperté, oí:

Dios siempre está en el Prójimo, consolando al afligido y esperándote a ti.

Dios estaba en el árbol, para que no cayera. Una vez que bajó, se llevó su espíritu.

Dios era el leñador, y el dueño era el fariseo.

Abraza al Prójimo sin pensar en Prójimo, pero sí en Dios.

Hay quien cree que al decir Prójimo, dice algo que está lejos de Dios.

Dios no se enfada si dices: “¡Hasta mañana, si el Prójimo quiere!”.


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Libro 3 - La Palabra del Creador - Tomo I - Pag. 244-245