jueves, 21 de marzo de 2013

Nada es mío, esto fue de otro y a otro tiene que pasar

En Sueño Profético decían:

No hay mejor meditación
que pensar: nada es mío,
esto fue de otro
y a otro tiene que pasar;
mi carne es joven,
y a vieja tiene que llegar;
mis energías se acaban,
y ya sólo mi presencia
al joven molestará;
esto, si paso de joven,
que puede que a juventud,
el viejo a enterrarla venga.

Esto son Meditaciones
del grado de las sentencias.

Dos contestan dialogando
de su vida con materia.

Uno acabó los años,
porque murió con 90;
90 que él decía
cuando vivió con materia,
pero pasó de los 100,
según lo que ahora cuenta.
Pues éste está dialogando
con uno que le faltó
dos años “pa” los 40.

Estos dos, sí meditaron,
la meditación Eterna.
Los dos fueron casados,
haciendo una vida buena.
El joven quería contar
su vida sin experiencia,
pero hacía meditación
y ya vivía los 90.

¡Por eso se entendía bien,
sin haber tanta experiencia!

Lo mismo puedes oír
al joven que al de 90,
cuando el joven piense bien
y viva la vida buena,
sin hacer esos pecados
que el hombre les llama fiestas,
o vivir la vida aprisa,
por si luego Dios no hubiera.

El hombre que vive así,
está viviendo experiencia
de vivir en los pecados
que no vivió el de 90.

El joven que vive así,
nunca podrá dialogar
como éstos, que los dos
supieron este meditar.

Desperté, oí:

Nada de lo que tengo es mío,
y a otro tiene todo que pasar.

Todo lo que yo tengo, fue de otro,
si no es lo mismo, es que yo reformé.

Otro vivió esta herencia,
que yo ayer heredé.

Otro vivió siendo pobre,
y también vivía bien,
cuando hacía meditación
y pensaba que la Gloria
sella el mismo valor.

El mismo valor valora
el que en la balanza pesa
espíritus ya de Gloria.

Esta Gloria echa al peso
lo que nadie ahí valora.

El valor de lo que el hombre valora,
Aquí no tiene valor.

La carne joven o vieja,
todo lo ha de dejar.

Haz meditación de ésta,
que lo mismo ha de servir
al de 100 que al de 40.

Lo que tienes que pensar es
que lo de ahí, ahí se queda.


***

Libro 2 - Meditaciones y Palabras Directas con El Padre Eterno - Tomo II - Pág. 246-247-248