domingo, 7 de julio de 2013

Repartir este Amor

En Sueño Profético hablaban de amar a Dios ocultándote del hombre, o buscar al hombre para que ame a Dios:

Si hay Amor, tú tienes que ir repartiendo este Amor, porque el Amor crece y te exige que lo lleves donde hay hombres de Dios o donde pecadores se encuentren.

Estas palabras se oían de dos mujeres. Una buscó a la que amaba, que es la grande Teresa. Mucho le habían hablado de esta mujer tan llena de lo que ya se ha nombrado. Pero con su indiferencia, vivía sin conocerla.

Ya se oye a Teresa:

Hay veces que yo quisiera
que mi Amor a Dios
me lo siguiera cualquiera,
y vería que es Amor
donde no existen fronteras,
donde no te asusta el miedo
por oscuridad que veas,
donde el llanto es alegría,
donde hay tristeza
por querer que más te sigan.
Aunque a veces, el seguir,
sea fiera, que si te alcanza,
ofende al Dios de Aquí,
pero ya él se destapa.

Yo no sé cómo no ve el hombre
cuándo es Amor del Cielo
o cuándo es falsedad,
si aquel que siente este Amor,
jamás lo podrá ocultar.

Yo andaba la pradera
y subía por los cerros
como pluma que la mueve
un Mando del Alto Cielo,
y pensaba en el decir,
y me llevaban los vientos
con el Mando que había Aquí,
y ya mi Amor me hacía guardia
a lo que podían decir.

A veces, en el silencio,
a Dios oía decir mi nombre,
pero mi llanto no podía dejar de oír
esa Voz que me dejaba
en éxtasis y sin sufrir.

Desperté, oí:

¡Ay Palabras que eran versos
con Divinidad y aroma!

¡Ay Comunicación,
que para que llegue al hombre,
tengo que oír y ver
lo que Dios sabe de sobra!

Que yo quisiera oír,
pero que no llegue a Gloria.
Que yo quisiera vivir,
pero oyendo a los hombres,
todos, amándote a Ti.

Mándame que tu Palabra
la lleve por los senderos.
Mándame donde yo oiga:
“sin Amor de Dios, yo muero”.
Mándame, si yo merezco
el recibir de tu Mando.
Mándame, porque yo muero
si mi Dios no me ha mandado.

Por mucho que Tú me mandes,
yo reverencio tu Mando,
porque ya me das el premio
cuando yo hago tu Mando.

TERESA DE ÁVILA


***

Libro 12 - Dios Comunica y Da Nombres - Tomo II - Pág. 210-211-212-213