lunes, 29 de julio de 2013

Tus bienes son cuchillos que al espíritu van matando

En Sueño Profético decían:

El hombre duda todo lo que va de Dios, y cree todo lo que va del hombre. Que por la duda pierde la Gloria y vive la angustia que le lleva todo lo material, por bueno que sea.

El hombre se hace un seguro de vida para la carne, y un abandono total para el espíritu.

El hombre vive pensando en tener, en reunir y en guardar para el mañana, sin pensar que son preocupaciones que exigen que luego otro se lleve la ganancia, que tampoco es para él aquello que tanto guardaba.

Dijo uno:

¿Quién ha subido al Cielo con fincas, testamentos, o con lingotes de oro?

Todo se queda en la Tierra, pasando de unos a otros, que a mayoría les sirve para ser puntos odiosos de aquellos que también guardan y viven la angustia de tener poco; que esta angustia no le llega al que ve lo de la Tierra un estorbo para vivir teniendo de Dios Presencia. Es distracción y consejo que a buen sitio no te lleva.

Si el hombre hiciera un libro y su título le diera: “Consejos para el espíritu, consejos para la materia, ganancias para el espíritu, pérdidas para la Vida Eterna”, con unas frases bien cortas, pero que mucho dijeran, no olvidaba ni un momento que su cuerpo tiene que ir a la nada y que todo pasa a otros dueños, tal vez con la misma mala enseñanza.

Desperté, oí:

Si tienes y enseñas mal,
tus bienes son cuchillos
que al espíritu van matando.

Y cuidándolo
para el espíritu del mal.

Y después tus herederos,
tus costumbres seguirán.

¡Administra con Amor
lo que tú no eres dueño!

Pues dueño en lo material,
raras veces no te retira del Cielo.

El hombre tiene la duda
de quedar vivo
aunque ahí lo vean muerto.

Y no duda lo del hombre,
que es aire, ceniza y cieno.

¡Qué triste tiene que ser
ver que la muerte te llega
y que esperen herederos!

¡Sin tú querer que lo hereden
ni dejar de ser el dueño!

Si esto lo pensara el hombre,
miedo le daba el pensar:

“¿Haré bien o haré mal,
con lo que digo que es mío
y Dios deja administrar?”.


***


Libro 16 - Dios No Quiere, Permite - Tomo II - Pag. 60-61-62