jueves, 5 de septiembre de 2013

El hombre nunca cuenta con Dios

En Sueño Profético vi un arroyo y uno explicaba. Decía:

“Este arroyo no es hecho por el hombre, y Dios deja al hombre que quite su cauce y lo ponga por donde quiera”.

Se quitó el arroyo y apareció un río, y dijo:

“Este río tampoco es del hombre, y también el hombre puede echar su cauce por sitio distinto”.

Apareció el mar y dijo el mismo:

“Ya llegó el Poder de Dios parando al hombre. Aquí tiene el hombre el mar, aquí Dios se enfrenta con el hombre”.

Habló el saber académico, por academia “enseñao”. Y apareció un niño que Dios había “iluminao”, con unos Escritos, hechos que Dios se los había “dictao”. Eran aclarando el saber que ellos tenían “estudiao”. Y dijo el que explicaba:

“Aquí Dios se ha “enfrentao”. El hombre nunca cuenta con Dios; el hombre quiere que Dios cuente con él. Dios, cuando ve que el hombre quiere ser poderoso, asoma su Mano y lo iguala a nada. El hombre no puede dejar de ver que hay un Poder Poderoso, Poder que su Nombre es Dios. El hombre precisa el ver que la montaña se corra y que su poder no puede impedirlo. El hombre tiene que ver el huracán, que con facilidad cambia las toneladas de un sitio a otro. El hombre tiene que ver que un Poder rompa la Tierra sin él poder contener. El hombre tiene que ver que se le acaba la vida sin él poder detener. El hombre deja el caudal sabiendo que suyo es, y lo deja ahí en la Tierra, por no poderlo traer”.

Todo esto es Enseñanza para el que quiera aprender.

Desperté, oí:

Cuando el hombre ve el Poder
que Dios deja que el hombre vea,
dice un ¡Dios mío! sin Amor,
un ¡Dios mío! que Aquí no llega.

El hombre debe de amar,
sin que vea el huracán.

Dios quiere que el hombre ame
sin que la Mano el saque.

El que ama por temor,
que no diga: “Amo a Dios”.

Hay quien se acerca a Dios,
cuando su mal ya lo vio.

El que ama de verdad,
ama viendo el arroyuelo,
sin que le presente el mar.

Ama, por amar a Dios,
y esto sí es amar.

Ama a Dios por el Perdón,
y no ames por temor.

Dios tiene Misericordia,
cuando tú quieres la Gloria.


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Libro 2 - Meditaciones y Palabras Directas con El Padre Eterno - Tomo II - Pág. 50-51-52