miércoles, 11 de septiembre de 2013

¡Vete, joya peligrosa!

En Sueño Profético hablaban de cómo peca el hombre, y del sufrir que le entra cuando ya no quiere seguir pecando.

Habla Agustín de Mónica:

¡Grandes pecadores traté, que hacían grandes pecados! ¡Grandes pecadores busqué, que luego fueron perdonados!

El caso que aquí refiero fue de una mujer: esta mujer pecaba, y hacía pecar tan sólo con su presencia. Una tarde estaba yo con unos amigos en la puerta de la casa de uno de éstos, hablando de cómo había sido el final de su carrera, ya que éste había sido un puro tormento para la familia, y decidieron que yo lo aconsejara para quitarlo de pecar y que cogiera camino bueno. Yo hice la súplica a Dios, y Dios concedió que obedeciera a mis consejos –que, ¡pobre de mí!, eran Palabras de Dios–.

Vuelvo al empiezo:

Llegó esta pecadora –ya de presencia– para saludar a este universitario con título, y éste rechazó el saludo, y éstas fueron sus justas palabras:

“¡Vete, joya peligrosa! ¡Vete, collar de Satanás!, que si Agustín no me busca, tenías robada mi paz”.

Todos quedaron con disgusto, menos yo que tantos ruegos hice a Dios para que se desprendiera del pecado, que era pecado de escándalo.

Se marchó esta gran pecadora, haciendo que el que pasará volviera la cara. Cuando llegó a su casa, a un hermano pequeño que tenía lo mandó con este escrito: “Quisiera que me contestara a esta pregunta: si me doy grandes martirios, ¿seré quitada del pecado y perdonada por Dios? No voy a buscarte por no ofender a Dios; y no te pongo nombre hasta que me perdone Dios. ¡Pero no sé si debo pedir a Dios el Perdón!”.

Desperté, oí:

¡Qué fuerza tiene el decir:
si pequé, no peco más!

Éste, de familia buena,
con dinero y metido en sociedad,
los tenía avergonzados
con su forma de actuar.

¡Qué fuerza nos demostró cuando dijo:
¡Vete, joya peligrosa!
Y ya, con la Fuerza de Dios,
con la mano en alto, continuó:

¡Vete, collar de Satanás!

Yo le contesté a aquellas líneas:

Si arrepentida te sientes,
lo tienes que confirmar,
y en sitio que vayas pisando,
deje el hombre de pecar.

Y que te vean en la cara
el llanto de la verdad.

AGUSTÍN DE MÓNICA


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Libro 5 - Dios Comunica y Da Nombres - Tomo I