lunes, 14 de octubre de 2013

El jardinero

En Sueño Profético hablaban de la Actuación de Dios.

Dijo uno:

Dios actúa aunque el hombre no Lo vea por falta de Amor. Yo siempre vi a Dios actuar conmigo. Siempre me gané la vida de jardín en jardín, por ser de profesión jardinero. Pues no había cosa que me molestara más, que cuando en el jardín se dirigían a cualquier enredadera, rosal o varas de nardos –que éstos estaban por cuadros, casi a la misma altura, y todos con su mismo perfume–, y dijeran estas palabras:

¡Qué buen jardinero eres!
¡Cómo tienes el jardín!
¡Qué colorido, qué aroma,
qué varas, qué recorte de violetas!
¡Y esa yedra encaramada!
¡Y ese limonero dulce,
con el verde y amarillo,
cómo en el jardín destaca!

Y ya, para terminar sus alabanzas,
que a mí me hacían sufrir
porque a Dios no Lo nombraban,
decían este decir:

¡Premio debían de darte
por tener este jardín!

Más de una vez miré al Cielo
y el Perdón quise pedir
por el que a Dios no Lo viera
por no quererlo sentir.

¿Cómo era mi trabajo
comparado con el del Cielo?

Yo quitaba los matojos
y les echaba el estiércol.
Eso tan sólo era mío,
por dejarme Él movimiento.
Pero, ¿quién ponía las varas
casi al mismo crecimiento?,
¿y las violetas gritando
el martirio que Le dieron,
con su color morado?,
¿y la valentía a la yedra,
buscando por las paredes
a su Dios como defensa
que no le corten su tallo,
por ser Dueño de la yedra?
Y ¿cómo dejo de nombrar al limonero,
cargado con sus limones en dulce,
sin haber nadie endulzando?
¿De quién era este cuido
y este Divino trabajo?

Yo creo que hubo rosal
que se secó con su llanto.

Las rosas fueron capullos
sin dar a la rosa paso.

Yo vivía más feliz
cuando algo había secado
este Dios que tiene el hombre,
sin que actúe en ningún lado.

Desperté, oí:

Este jardinero sufre
cuando le dicen halagos.

Este jardinero sufre
por el hombre no nombrarlo,
al Dios que actúa en la Tierra,
con el hombre trabajando.

¡Cómo te hace pensar,
si deletreas este Dictado!

Se nombra el deletrear,
para que leas despacio
el Amor del jardinero,
que sufre por los halagos.

¡Cómo te va comparando
lo que no hace el jardinero!

Él no quería los halagos,
porque sólo echaba estiércol,
y Dios, perfume le daba.

Si el hombre le nombra a Dios,
al jardinero halagan
por estar lleno de Dios.

El Amor le hacía que viera
cómo allí actuaba Dios.

Estas actuaciones raras,
a veces las ve
el que sabe todo.


***


Libro 14 - Dios Manda en su Gloria Que Enseñen - Tomo II - Pag. 82-83-84