jueves, 30 de enero de 2014

Los ojos del espíritu y de los ojos de la carne

En Sueño Profético hablaban de los ojos del espíritu y de los ojos de la carne. Decían:

El que Dios elige para enseñar, ve primero con los ojos del espíritu, y luego pasa la visión a los ojos de la carne. Por eso, Fe y Confianza en Él, es consejo de Dios.

El espíritu ve sin plano. Los ojos de la carne tienen que tener delante el plano para quitar o poner lo que agrada o no agrade.

El espíritu es el que aconseja a la carne. Si no está lleno de Dios, le cae mal si el bien lo haces, y te prohíbe el Perdón, y quiere que mal de Dios hablen, culpándolo del porqué hace o no deshace lo que el hombre no puede ni de palabras llegarle.

Dijo uno:

Yo le oí al Salvador de los hombres estas Palabras que hoy me mandan dictar:

“No le caerá nada peor al que esté en contra de mi Padre que hagáis el bien, que a Mí mucho Me nombréis, que levantéis al caído sin coraje ni odio y hablándole de mi Reino”.

“El que esto haga, tendrá a más en contra en la Tierra, y más bendiciones del Cielo. Y al espíritu del mal va retirándolo del mal que él, en él, no puede el mal hacerle”.

“Si creéis que soy Dios –no por decirlo–, tenéis que creer por vuestro comportamiento, que el creer en Mí no os dejará hacer nada de lo que Yo no mando”.

“No dejad de pedir que vean primero los ojos del espíritu, para que guíen a la carne, que la carne, como pueda, hace ciego al espíritu y ya no veis muralla delante”.

“Pedid Luz, que mi Padre en Mí no niega Luz a nadie”.


Desperté, oí:

Es cierto que hacer el bien
lo hacen pocos,
y muchas veces se esconden
por temor a que les digan
los defectos que aquél tiene.

Aquí te repite Dios,
que hacer el bien en el mal,
puede salvar al pecador.

Por eso el espíritu del mal
siempre estará recordando
que tú hagas lo peor.

Te deja ciego el espíritu
y te retira de Dios.

Te hace que veas montaña
sin poder dar solución,
y que te apartes de aquel
que en el fango se cayó.

Él que sólo vea de carne,
está bien lejos de Dios.


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Libro 15 - Hechos de Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo III - Pág. 90-91-92