lunes, 24 de marzo de 2014

Tener Caridad, pero sintiendo Caridad

En Sueño Profético hablaban de enseñar a tener Caridad, pero sintiendo Caridad. Si no la sientes, enseñas a que nazca odio donde esperan la Caridad.

Yendo un día Jesús con los Discípulos, al entrar en un mesón, había un hombre pidiendo por Caridad una limosna. Quedó uno de los Discípulos mirando al Maestro para decirle:

   –Maestro, este hombre no da lástima porque es su profesión el pedir. De aquí se va a otro mesón y así se saca el jornal.

Quedó el Maestro en silencio y, cuando llegaron al mesonero, hizo Dios hombre que no se cortara la conversación del que pedía y era mal juzgado y de los que hablaban, porque el mesonero los había informado a su favor, para que no chocara el que no lo dejara entrar y muchos días mandaba que lo retiraran de la puerta.

Estando comiendo, dijo el Maestro a Matías:

   –Matías, sal a la calle y dile al que pide porque no tiene jornal ni quien de él se ocupe, que entre, una vez que sus sandalias no ensuciaran el salón ni sus manos el mantel.

Salió Matías a decirle el mandato del Maestro, y éste, no conociéndolo, se negó a entrar temiéndole al dueño del mesón, sin saber que el Maestro ya había pedido otro plato de comida para él.

Y así, mientras hablaba Dios Hombre y enseñaba a tener Caridad y a practicarla, ya entra, después de mucho decirle Matías:

   –No puedo entrar sin que tú entres conmigo, porque así tengo el Mando.

Fue entrar, y querer decirle al mesonero que lo había llamado el Maestro, al que no conocía, pero que siempre estaba pensando: “Si Él me viera diría que pido porque no tengo ni quien pida por mí para llevarme debajo del puente, el día que amanezco un poco malo”.

Ya le dijo el Maestro:

   –Siéntate, que Yo estoy sentado, y contéstame a lo que yo te voy a hablar, aunque Yo sé lo que vas a contestar. Éstos, no está Dios Padre en ellos como está en Mí, y no puede el hombre tenerme secretos.

   –¿Te ha dicho alguno de los pudientes, que si cambias el pedir por quedarte debajo del puente, de él llevarte el salario que él diariamente tira?
 

No pudo contestar, y el pañuelo recogió la contestación mojándose con sus lágrimas. Y estando todos en silencio el Maestro continuó:

   –¿Y palabras de Caridad, hablándote de mi Reino y ofreciéndose a buscarte el sustento? ¿Te han hecho este ofrecer? Responde sin miedo, que ya mañana tienes donde vivir con puerta y comida como éstos.
–y señaló a los que estaban en la gran mesa que Él reservó para éste un sitio, ya que había más que no eran Discípulos, pero sí que Lo seguían.

Desperté, oí:

Este hombre era huérfano
y nunca tuvo una vivienda,
ni nadie que le dijera:
¿quieres cambiar esa vida
por esta que yo te diera?

Ya era algo mayor
y una pierna le hacía
echarse para adelante
del defecto que tenía.

Él se lavaba la ropa
en el arroyo que tenía
cerca del puente.

Se salía a la calle,
con su mano, sin habla,
para el que quisiera,
allí poner su moneda.

Ya no pidió más monedas
ni nadie negó la entrada.

Y creció la Caridad
al que la tenía olvidada.

El mesonero contaba
día y noche esta Enseñanza.


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Libro 15 - Hechos de Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo III - Pág. 87-88-89-90