miércoles, 14 de mayo de 2014

Los Santos Alfareros

En Sueño Profético vi a dos hombres que moldeaban unos cántaros. Al lado de ellos había un chiquillo de unos once años que mojaba un bloque de barro y canturreaba contento. Unas mujeres ponían unas ollas en doble fila para que se secaran, que después estos cacharros irían al mercado, donde ya se haría su venta, que era de lo que vivían estas dos familias. Unos chiquillos vendían en el mercado y otros trabajaban con los padres. Éstos eran conocidos por “los alfareros santos”. Allí no encontrabas dueño ni quien mandar. Cuando alguien decía: “¿quién es el dueño?”, más de una voz se oía al mismo son: “Aquí no hay dueño, esto es de Dios”.

Ya decía otro:

Mis abuelos fueron alfareros porque lo heredaron de sus padres, y a sus padres les dio la herencia Dios. El primer alfarero que barro aquí moldeó, dicen que era enseñado por el Cielo. Este hombre estaba enfermo y sin poder trabajar en el campo, y su sufrir era grande por no poder mantener a cinco hijos que tenía, y el mayor, catorce años contaba. Dicen que siempre le oían: “Señor, si yo supiera hacer algo, enseñaba a mis hijos y a mi mujer, ya que son santos y no quieren retirarse de mí”. Una mañana, se presentó un hombre con una bestia cargada de barro y le propuso enseñarle unos trabajos que eran poco costosos, vendibles y rentables. Acorraló la familia al hombre mientras enseñaba aquel secreto que para ellos era, y para parte del pueblo también. Esta parte son los alfareros que por allí había, que sus trabajos eran bastos y caros. Cuentan, que cuando todos aprendieron –pues fue fácil la enseñanza–, se desapareció el hombre, y quedó la bestia y gran cantidad de barro. Éste fue el empiezo de estos Santos alfareros, nombre por este Cielo mandado.

Desperté, oí:

Cuando el Poder de Dios desaparece,
que el Poder era el hombre que mandó Dios,
se les quedaron montones de barro.

Como si un día entero
hubieran estado acarreando.

Pero no un mulo sólo,
¡muchos serones de barro!

No sólo Dios manda
a que enseñen al alfarero,
que también hace que sean
sus cacharros los primeros.

Cuando salían los chiquillos
con sus mulos y sus cacharros,
en la mitad del camino
ya estaban todos pagados.

El mulo volvía ligero,
con el chiquillo arreando.

Los cacharros los vendían
otros hombres en el mercado.

Estos alfareros últimos,
los que contaban el caso,
estaban bien convencidos
de a Dios estarle trabajando.

Por eso les molestaba
cuando decían, al llamarlos:
“el dueño o el alfarero”,
para darles los encargos.

Entre barro y alfareros,
Dios vivía conversando.

Esta familia quedó con el nombre:
“Los alfareros donde Dios hizo el milagro”.


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Libro 14 - Dios Manda en su Gloria que Enseñen - Tomo II - Pag. 146-147-148-149