martes, 14 de abril de 2015

Tenemos que amarnos como la cordera madre

En Sueño Profético vi el campo y se oía un balar tembloroso y otro balar contestaba, ya de una cordera mayor. Se quitó aquel monte y apareció un rebaño grande, tan grande que no era fácil de contar si otro no te ayudaba a separar los corderos.

Dijo uno que él suponía que hasta que a aquel corderillo (y se vio con su balar tembloroso) el pastor no lo viera al lado de la cordera madre, a pesar de todos los corderos que había, el pastor no se movería y al rebaño anclado dejaría. Y después el pastor miraría al Cielo, sin querer engañar porque sabe que Dios le está viendo, y diría:

     - Señor, es que yo también lo quiero. Yo sé que sería comida de otro animal fiero o, que si nadie lo mataba, quedaría muerto y sería pisoteado por miles de animales. Cuando veo al corderillo en el rebaño me hace pensar en la noche y ¡qué satisfacción cuando a la familia se lo cuento! Y ya no se habla en  casa nada más que de Dios, del Cielo y de que tenemos que amarnos como la cordera madre que no se movía, balando, porque oía al corderillo que sus lágrimas la lana iban mojando.

Desperté, oí:

Han hablado en el Arrobo de cómo son los pastores cuando son de Aquí, del Cielo, aunque estén en la Tierra.

Ellos seguro que enseñan y aprenden de las corderas.

Por algo Dios las pone como ejemplo de humildad, para que aprendan los hombres.

Qué cuadro te componía el pastor, la cordera madre y el corderillo tembloroso cuando sólo se veía.

Seguro que era Amor lo que el cuadro componía.

La cordera madre, aunque tenía compaña, sola se sentía.

¿Qué le importaba al pastor si el rebaño se quedaba igual y ninguno conocía lo que se quedó atrás?

Pero ¿cómo iba a dormir el pastor pensando en la cordera madre cuando mirara al rebaño y al corderillo no lo viera?

¿Qué pensar haría la cordera madre, aunque esto nadie lo sepa?

Que lo sabe el pastor porque en ellas se adentra.

Y ya el corderillo puede estar devorado por la ira de la fiera que, a veces, no tiene hambre y el matar le alimenta.


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Libro 67 - Meditaciones y Palabras Directas con El Padre Eterno - Tomo VII