En Sueño Profético decían:
Si crees en el Poder de Dios,
lleva siempre el traje de la Fe,
que este traje es inconfundible
para todo el que lo ve.
La Fe es la que hace
que te puedan conocer,
que Dios va siempre delante
y tú vas detrás de Él.
La Fe te abre caminos
donde caminos no ve
el que le falta ponerse
este traje de la Fe.
Dijo uno:
La Fe cura enfermedades
que el hombre en el cuerpo ve.
Yo vi a un ciego,
que a veces
veías que era ciego
por lo que decía él.
Esto, si estaba sentado
y nada iba a coger.
Tenía sus ojos grandes
y limpios, de amanecer.
Su mirada él la echaba
en aquel que le hablaba
y miraba hacia él.
Siempre tenía en su boca:
¡Yo tengo un día que ver!
¡Si a mí no me falta nada,
tan sólo el día que Dios diga:
“Hoy vas a ver”!
Es su Palabra
la que mis ojos esperan,
y yo espero
el romper de este no ver.
Desperté, oí:
Hubo que hablar en el pueblo
cuando el ciego ya no era ciego.
El que creía en Dios,
milagro iba cundiendo.
El que no creía en Dios, decía:
“Es que no era tan ciego”.
Él se manejaba bien,
y siempre risueño y contento.
Iba vestido de Fe,
y lástima no daba
como daban otro ciegos.
Esta Fe le da la vista,
dando premio.
Treinta años iba alcanzando
cuando vio la Luz del Cielo.
“El ciego que dejó dudas”,
en el pueblo le pusieron.
Pero iban a buscarlo
enfermos de espíritu
y enfermos de cuerpo.
Él recitaba la Fe,
para no perder el Cielo.
Dos siglos ya han pasado
que ahí ocurrió este hecho.
***
Libro 29 - Dios Manda en Su Gloria que Enseñen - Tomo IV - C2
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miércoles, 10 de mayo de 2017
lunes, 31 de diciembre de 2012
¡Cómo se dejó matar!
En Sueño Profético vi una fuente, y unas manos acunaban el agua. Me acerqué sin tener sed, pero algo me acercaba.
Ya dijo una voz:
Es la Mano de Dios, que quiere que bebas agua para que repartas misericordia y no rompan su Cruz hasta subir al Calvario, que allí ya queda la Cruz. Tuvieron los clavos que traspasar la Carne de Dios Vivo para que vieran que estaba clavado. Tuvieron que nombrar a otro, para cambiar la muerte de Jesús, para que a gritos se oyera: “¡No! Queremos la muerte de Jesús de Nazaret”, para que más supieran que no era Dios los que no Lo amaban y los que no creían a lo que bajó a la Tierra.
Son las cosas de Dios; de fácil cambian a imposible el comprenderlas.
Nunca puede ver el ciego el color que el que tiene vista le dijera, si no confiara en el que el brazo le diera. Pero si va confiando, lo va apartando de sitios, porque llegan los obstáculos y el ciego ni pregunta. Esto es ir confiando en el que anda con vista.
Pues piensa que así son las cosas de Dios para el que a Él se acerca o se retira.
Desperté, oí:
Tan sólo con escribir
lo que le hicieron a Dios Hombre,
te llega algún sufrir.
Y te hace que pienses:
¡Cómo se dejó matar,
para enseñar a los hombres
a no responder mal por mal!
Les deja la Libertad
y el camino sin obstáculos,
para el que quiera vivir
sin Gloria y sin su Mando.
Si no traspasa la Carne
la ira de aquellos clavos,
dicen que no fue verdad
que Dios fue crucificado.
¡Es difícil comprender:
Poder de Dios
y dejar crucificarlo!
Pero pon primero Amor,
y ya, todo lo verás claro.
***
Libro 15 - Hechos de Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo III - Pag. 85-86-87
sábado, 26 de marzo de 2011
Ella dejó aquel camino - Libro 5 - Dios Comunica y Da Nombres - Tomo I - Pag. 231-232-233
En Sueño Profético explicaba Teresa de Ávila sus primeros tiempos. Decía:
A mí nunca me pasó la idea
de que Dios a mí me hablara,
ni que yo verlo pudiera.
Mis años de juventud
tenían un camino feo,
no era en contra de Dios,
pero era un camino feo;
no era el camino limpio
como para llegar al Cielo,
era camino de todos,
camino con desconsuelo,
camino más bien oscuro,
camino sin ver el Cielo,
camino que si lo sigues,
te viene arrepentimiento.
Ya, un día, pensé en Dios,
pero un pensar por dentro
que se veía por fuera,
y en vez de verme contenta,
me vieron como amargura:
que si fuera, que si dentro,
que si podré yo aguantar
la verdad en la mentira,
la mentira en la verdad.
Esto lo pensaba yo,
y era muy de pensar,
porque mi temperamento
sufría mucho al callar.
Pues con todos mis defectos
me quise yo superar,
y bien fácil que lo hice,
y aunque yo amaba ya,
quise que fuera más fuerte,
para que todos me dijeran:
“¿Cómo has podido llegar
a ese Amor tan grande,
que es Amor de contagiar?”.
Pues me paraba la gente,
y yo empezaba a contar
de primeros éxtasis.
Pasé por convento, celda,
y más fuerte era este Amor.
Si a veces quería callarlo,
no se aguantaba la voz.
Esto es un sí y un no,
de Amor y de amargura,
que le supera el Amor.
Si este Amor fuera del hombre,
se convertiría en dolor.
Desperté, oí:
Ella dejó aquel camino
en su juventud primera.
Ella dejó aquel camino
y cogió el de las penas.
Yo a esto no llamo penas,
porque esto es Amor de amar.
Yo llamo aquí alegría,
aunque me vean llorar.
Yo, cuando vi a Dios,
entró mi cuerpo en éxtasis,
y aunque no quería yo
permanecer de rodillas,
de rodillas quedé yo.
¡Que pena tenía su Rostro,
y qué alegría su Mirada!
¡Qué Voz tan dulce su Voz,
que yo reía y lloraba!
¡Ay Rostro que estás con pena,
porque el hombre te la manda!
¡Ay Mirada de Dios Vivo,
que buscas al que Te ama!
Y tu Voz es Voz tan dulce,
porque es Perdón y Esperanza.
Es tu Rostro, tu Mirada,
y también fue tu Voz
la que me dejó sellada
con este Amor de locura,
locura que no se acaba.
Si amando nombras a Dios,
se te cambia hasta la cara.
TERESA DE ÁVILA
***
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