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lunes, 13 de febrero de 2012

Dios vivía en él


En Sueño Profético decían:

Al que Dios le habla, éste tiene que publicar la Comunicación. Dios permite al hombre, pero lo para cuando el hombre quiere decirle a Dios que no hable. Decir que estos Escritos no los dicta Dios, es no querer saber de Dios.

Si al que Dios le habla Aquí, te lleva la Paz ahí, no sigas el discutir, discutir sin fundamento, discutir alborotando, y no queriendo ir a oír donde Dios está hablando, que habla también para ti.

Dijo uno:

Yo tuve intimidad con Álvaro, y de él no me despegaba. Todo lo que Dios le hacía, todo a mí me lo contaba, a mí y a todo el que por su lado pasaba. Lo que le pasaba en el campo, lo contaba en la ciudad; y lo que le pasaba en la ciudad, lo contaba en el campo. Todo lo llevaba en orden, todo, menos el callar. Dios no quería aquí el silencio, Él habla "pa" predicar; encaja más la palabra: repetir todo lo que habla Dios en el Lugar que eligió.

Álvaro siempre decía: “Si te pones en oración y en éxtasis ves a Dios, por fuerza el grito tú das sin poderte aguantar esta fuerza que es de Dios”.

Nunca dirá “yo veo a Dios”, aquél que nunca Lo vea. Esto nos repetía mucho este gran Álvaro; consolador con su oración; daba alimento a nuestro espíritu; sus palabras consolaban a los caminantes.

Desperté, oí:

Todo lo que de Aquí sabíamos era por Álvaro. La oración suya nos hacía que también nosotros amáramos.

Amáramos e imploráramos fuéramos todos “Álvaros”.

La vida de Álvaro decía que Dios vivía en él.

Lo decían las palabras y sus obras.

Al que Dios se comunica, Dios quiere que vean que las obras son suyas.

Si desmienten las palabras, las obras no pueden derrumbarlas.

Y obras sin Dios, no hay.


***

Libro 5 - Dios Comunica y Da Nombres - Tomo I - Pag. 113-114-115

lunes, 14 de noviembre de 2011

Vivía en el enfermo, porque allí vivía Dios - Libro 5 - Dios Comunica y Da Nombres - Tomo I - Pag. 118-119-120


En Sueño Profético decían:

¡Qué verdad con tanta fuerza,
que al que ama no le cuesta trabajo
hacer caridad por Dios!
No le cuesta trabajo,
y siempre que tiene ocasión
viste al desnudo con ropa;
se acerca al que pecó;
y el contagio del enfermo,
esto nunca lo pensó.

Todo esto hace fácil
el que ama mucho a Dios.

Aquí hay hablando varios.
Ahora habla Juan de Dios:

¡Tengo tanto y tan poco hecho
de servicios por Amor a Dios...!

Creo que pude hacer más,
antes de yo ser mayor.

Todos me veían niño
cuando exponía la razón
del que está en un hospital
sin consuelo y sin cariño.

Entonces era el contagio
el terror del que no ama.

Ya estaba yo grandullón,
y había un leproso en una cama,
que tenía como unos bancos
para que no se acercaran.

Tuve unas ganas de acercarme,
sin poderlas contener.
Le puse la mano en el hombro,
y sin pensar me ofrecí entero a él.
Ya no me quedan palabras
para decir lo que oí de él:

¡Dios le pague este dinero
que nadie puede traer!
No acerque mucho la mano
si le pido de beber.
Ya, con que me dé su presencia,
a Dios fijo Lo veré.
El que tenga este mal,
malo no es el mal que se ve.
Aunque falten los pedazos,
es el mal mayor,
no poderse acercar nadie,
como no sea un Juan de Dios,
que vivía en el enfermo,
porque allí vivía Dios.

Desperté, oí:

No estaba Juan muy contento,
porque unos años perdió.

Decía, que desde niño,
sentía la Paz de Dios.

Fue conocido su nombre
y se cundió en el enfermo.

Llevaba medicamentos,
que a los médicos entregaba.

Preguntaba el alimento
que a sus cuerpos bien sentara.

Iba con el que a pasitos,
sus piernas pasos no daban.

Siempre llevaba talegos
con ropa que él juntaba.

No era niño, no era hombre,
pero a Dios siempre buscaba.

Era uno grandullón
que a Dios por dentro llevaba.

Si quieres ser Juan de Dios,
haz lo que aquí ya te habla.
Pero sin amar a Dios,
no te acercas a las camas.

JUAN DE DIOS


***