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domingo, 26 de diciembre de 2021

Gracias, Dios mío, que no me aparte de Ti

En Sueño Profético hablaban de Dios, de su Bondad, de su Misericordia. Decían:

Si Dios retirara de Él la Misericordia que tiene al servicio del hombre, el hombre no dejaría de decir: “Perdón, Dios mío, por lo que Te he hecho o Te estoy haciendo”.

Si Dios contestara a los desafíos del hombre, el hombre vería grandes castigos en hombres que el hombre tiene por buenos.

El hombre no llama a Dios cuando va a hacer algo mal hecho. El hombre no llama a Dios para decirle: “Señor, ¿cumplo bien tus Mandamientos?” El hombre pocas veces dice: “Gracias, Señor, porque mi carne hoy está sin dolencias o a mis males yo les puedo”. El hombre pocas veces recuerda al necesitado como Dios mandó y sigue mandando. El hombre tiene su peor trato, para Dios.

Dijo uno:

El hombre desprecia a Dios, y cuando llega un enemigo de Dios, lo abraza. El hombre no tiene tiempo para Dios, que es el que le da Mando a su respiración. Y sí tiene tiempo, sin prisa, para otro hombre que no ha podido  sujetar el golpe de una muerte repentina que le ha venido, estando bueno y tranquilo. Pues antes de que sus manos lo cogieran, ya estaba el cuerpo muerto. Pues a esto que no le sirve, le da el hombre el tiempo.

Desperté, oí:

No tiene contestación, querer enmendar las Palabras que da Dios.

A Dios no lo nombra el hombre para dar contestación al premio que le da Dios por ver amanecer el día.

A Dios lo nombra el hombre en el momento de ira, en la soberbia y en su grande fantasía.

A Dios lo llaman los hombres queriendo que les dé cuentas de su mal comportamiento.

Si el hombre pensara en el Poder que tiene Dios y en los insultos que oye, no pensaría en el testamento.

Pensaría en el diluvio, en el terremoto o en el fuego, en todo lo que acaba el Mundo.

Son muy pocos los que dicen a todo: “Gracias, Dios mío, que no me aparte de Ti, porque sin Ti soy sediento en el venero, hambriento en los banquetes y cliente del Infierno”.

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Libro 75 - Meditaciones y Palabras Directas con El Padre Eterno - Tomo VIII - C2