viernes, 12 de febrero de 2010

PRÓLOGOS - 2ª ENTRADA: Monseñor José Guerra Campos - Obispo de Cuenca


Libro 3 - La Palabra del Creador (No he puesto el Prólogo del Libro 2, ya que comparte el mismo prólogo que el Libro 1)

ADVERTENCIA DOCTRINAL

Esta obra habla de Dios y tiende –son palabras de la autora “a hacer normal la comunicación con el mundo espiritual”, que se nos ha revelado en el Evangelio de Jesús, el Hijo de Dios. “Dios se comunica para que el hombre tenga de amigo a Dios”.
Su riqueza de manifestaciones simbólicas se traduce en un lenguaje peculiar, acomodado a las formas culturales de la autora, que hay que entender según sus propias modalidades semánticas, sin incurrir en el error injusto de extraer las palabras fuera de su contexto y sobreponerles otras acepciones con que se emplean en marcos diferentes.

Habrá que advertir, sobre todo, que la autora no se atiene a ninguna terminología especializada de las escuelas teológicas. Si nos referimos, por ejemplo, al Misterio de la Santísima Trinidad, es bien conocida la dificultad clásica, no superable, que hay para expresar juntamente y con claridad satisfactoria: de un lado la consustancialidad (que el Padre, el Hijo y el Espíritu son el mismo y único Dios, con una sola inteligencia y voluntad, un solo poder, una sola acción sobre el mundo); y de otro, las distintas relaciones personales coeternas (el Padre, el Hijo y el Espíritu son realmente tres Personas dentro de la absoluta unidad de Dios).
La misma Sagrada Escritura del Nuevo Testamento, que en tantos pasajes desvela esa gran Realidad, no refunde los textos en ninguna fórmula sistemática. El Magisterio de la Iglesia ha resumido la revelación divina en fórmulas dogmáticas; pero aún éstas necesitan ser leídas desde el interior de un contexto de tradición viva en que es transparente la intención de la Iglesia, ya que las fórmulas por sí mismas (como es natural dada la trascendencia de su significado) no eliminarían toda ambigüedad. Recuérdense las oscilaciones en torno al mismo vocablo conciliar “homoúsios”: con él queda muy claro que el Hijo tiene el mismo ser con el Padre, es verdaderamente el Dios único; pero no destaca con igual nitidez la distinción personal (aunque ésta, en el contexto de la Profesión de Fe, no ofrece la menor duda). Otro ejemplo: la traducción española del Credo (“de la misma naturaleza que el Padre”) podría entenderse equívocamente de una comunidad de especie, sin la debida afirmación de la unidad y la unicidad de Dios. Y no se olvide cómo en los escritos de San Pablo la denominación “Dios” suele reservarse al Padre.

Pues de manera semejante –aunque con otra clave lingüística y diferente precisión conceptual– en la obra de la señora García de Cuenca hay expresiones que, acentuando mucho la unidad en el ser divino del Padre, del Hijo y del Espíritu, son menos expresivas de la distinción personal. Ejemplos:

“El que no me quiere de Padre, no me quiere de Hijo, por ser Todo el mismo Dios”.
“El Padre era el Hijo”. “Mi Padre dirá: Mi Hijo que soy Yo”.
“Cuando adorabais al Padre, me adorabais a Mí... Yo soy Padre e Hijo... Yo soy mi Padre... Todo es un mismo Dios”.
“El Poder de Dios Padre es único y eterno... Sólo hay un Poder del mismo Padre que se hace Hombre... Dios se hace Hombre... Dios Padre se hace Hijo para poder enseñar su Palabra”.
E incluso se enuncia la unidad en el ser divino con una elocución popular (“una misma persona”) que el lenguaje técnico restringe a significar la distinción personal:
“No puede ocurrir nada sin que lo sepa Dios Hijo, y sin que sea mandado por el Padre, por ser dos una misma Persona”. (Texto en que, dicho sea de paso, la dualidad Padre-Hijo queda al mismo tiempo bien marcada)
Pero abundan igualmente las expresiones en las que sobresale la distinción y relación entre Personas: “A Dios Hijo lo vieron los hombres, pero a Dios Padre y a Dios Espíritu lo ve el que Dios Padre quiere”.
“Mi Padre está sin cuerpo, y yo en cuerpo soy mi Padre”.
“Mi Padre ha mandado que estas Palabras sean dichas por Dios Hijo”.
“Yo soy Dios Hijo y mi Padre está en el cielo”.
“Soy Dios Hijo, enviado de Dios Padre”.
“Vendría su espíritu... cuando el Padre viera que amaban al Hijo; y a los Tres, Adoración”.

También hay que considerar que en la terminología de la autora las denominaciones de “Filiación” suelen referirse al estado de “obediencia”, la cual –con justeza teológica– es inherente a la Encarnación.

“Dios hecho Hombre, que por ser Hombre tiene obediencia”.
“Todo es un Solo Dios; hubo que hacerse Hijo y mi Padre me mandó”.
“Yo soy Dios Hijo y vivo en la obediencia de mi Padre”.
Pero también dice: “Dios Hijo se hizo Hombre”.

Por tanto, la impresión de “modalismo trinitario” que podrían ocasionar algunas frases sueltas se disipa con la atención al conjunto. Y este es un criterio de recta interpretación que el lector hará bien en no olvidar. Criterio aplicable también a otros temas, como el de la Resurrección de Cristo. Criterio universal, indispensable –como hemos recordado– en la lectura de los mismos Libros Sagrados.


Monseñor José Guerra Campos
Obispo de Cuenca