viernes, 6 de noviembre de 2015

La felicidad la da esta Gloria

En Sueño Profético decían:

No hay felicidad si no hay Amor a Dios. La felicidad la da esta Gloria, y no es temporal, porque lo que te da, te lo da Eterno.

Dijo uno:

Si Dios no media en tu felicidad, no le digas felicidad. La felicidad retirada de Dios empieza con pecado y termina con grave pecado. Hay quien cree que la felicidad la dan los bienes de la Tierra: las riquezas, los caudales. Pues el que maneje estos bienes sin Dios, está pecando, y al final de su vida tendrá pecado mortal, por tener a Dios aparatado de lo que él creía felicidad. Que entonces es Dios el que aparta.

Dijo una mujer –que vivió en su vida material, ella, su marido y sus dos hijos, haciendo pucheros de barro–, que ellos fueron ejemplo de felicidad Eterna, porque su vivir lo continuarían todos en la Gloria con Dios:

Mi casa era: Dios, mi marido, mis hijos y el barro, al que Dios le mandaba que nos diera el sustento, porque Él cogía nuestras manos y salían los pucheros como si no les llegaran manos de la Tierra, sino manos del Cielo. Los chiquillos salían de sus casas contentos, aprisa, corriendo, a comprar los pucherillos que mi hijo el mayor iba vendiendo. Les poníamos algún letrero que siempre nombraba al Dueño de los que hacíamos los pucheros. Todos los vendíamos a diario, y llegaba con su bolso lleno y su canasto vacío dando brincos y dando saltos. Los tres le hacíamos preguntas para coger los encargos, para contar el dinero. Éramos los más felices, esto, dicho por todo el pueblo. Mi marido, su cantar, era siempre dando gracias al Cielo: “¡Qué felicidad, Señor, con mi mujer, con mis hijos y con el barro que Tú me das para el sustento! ¡No hay felicidad mayor, que vivir con Dios contento!”.

Desperté, oí:

Aquí te presentan en Gloria,
vivir con felicidad
la familia de un alfarero.

Pero eran los más felices
el padre y su mujer,
que mientras hacían pucheros,
a los hijos enseñaron
que Dios era lo primero.

Si Dios no coge
el barro y mis manos,
no se venden los pucheros,
por nadie querer comprarlos.

Mientras ponía el letrero,
lo iba él deletreando
y tres voces lo seguían:

“¡Dios es Dueño! ¡Yo los vendo!
¡Dios me guía y yo moldeo!
¡Tú los compras! ¡Dios es Dueño!”.

Esto iba voceando
el chico del alfarero.

El mayor allí quedaba,
ganando el buen sustento.


***

Libro 14 - Dios Manda en Su Gloria que Enseñen - Tomo II - C3