miércoles, 2 de noviembre de 2011

Belleza - Libro 8 - Dios No Quiere, Permite - Tomo I - Pag. 182-183-184


En Sueño Profético hablaban de la fuerza del pecado.

Dijo una mujer:

El pecado coge fuerza donde encuentra su sustento. Este sustento lo tiene el pecado en distintos presentes. En mí fue por la belleza, y el hombre quería premiarme. Este que el premio me hacía, también estaba en pecado casi más que el mío. Mi vida la separé de todo el que era pariente. Era una vida tan sucia, de conciencia y de pecado, que cuando salía a la calle, el que no hacía pecados, me quitaba la mirada antes que hubiera mirado. Casi todos los que me buscaban eran hombres casados. Toda esta fuerza era por no haber a Dios amado.

Ya, un día, una mujer me habló de Magdalena, y me leyó una leyenda –que ésta conservaba– de una tía suya, que su vida la tenía consagrada a que las mozas que Dios las había premiado de belleza, no fueran a servirles para hacerle servicio al demonio, deseando lo que suyo no fuera. Con estas palabras terminaba la leyenda:

“Si el que está haciendo pecado,
echara la vista al Cielo,
moriría sin enfermedad,
moriría de remordimiento”.

Esto se me quedó clavado,
y ya no tenía consuelo.
Veía a un casado,
y más pronto a los hijos
y a la mujer a su lado,
y un ¡Dios mío!, en mi mente,
si esto dejo,
¿cómo podría saber
que me habías perdonado?
¿Dime qué tengo que hacer
si mi ruego es escuchado?

Desperté, oí:

Aquí puede el pecador
aprender a arrepentirse
y a saber cómo es Dios.

A ésta le empujó a pecar
el premio de la belleza
que Dios le había dado ya.

La que tenía la leyenda
y me habló de Magdalena,
le decían cuando pasaba
por la plaza de los hombres:
¡Ésta es mujer de banderas!

Ninguno llegó a ofrecerle
una palabra en pecado,
ninguno llegó a ofrecerle,
porque Dios iba a su lado.

La belleza le servía
como traje de gala
que el espíritu tenía.

¡Es pena para morir,
si te pones a pensar,
que Dios te dé la belleza,
y tú Le hagas un mal!


***