En Sueño Profético contaban una aparición ocurrida a unas mujeres hace trescientos años.
Dijo uno:
Estando un día hablando con mi madre en la huerta donde trabajábamos toda la familia. (Voy a aclarar el hecho: la huerta era de un hermano de mi padre, y mis padres y 4 hermanos que éramos, allí trabajábamos sin día ni noche. Había muerto este tío mío, y quedó mi padre de dueño, dueño en el trabajo, pero no en la ganancia. Dos hijos quedaron, que eran los que a mi padre y a nosotros siempre nos estaban pidiendo cuentas. Nos tenían un trato tan despreciable, que si alguien había delante, tenían que nombrarle al padre, ya que tenía fama de santo, y mi padre y mi madre, con él, formaban una ermita, ya que a su lado todos decían que respiraban Gloria. Mi tía y los hijos tenían espíritus contrarios a los de la Gloria). Empiezo lo que conté de mi madre:
Estando ya recogiendo los capachos y cargando los burros que llevábamos, dijo mi madre:
–Hijo, echa tus rodillas al suelo, que Dios, a esta misma hora, lleva tres días que su Voz nos manda.
Dos estaban conmigo y también lo oyeron: sentí un fuerte aire y la arboleda quedó intacta, cuando sin esfuerzo me vi de rodillas y a mi madre con una Luz por todo el rededor de su cuerpo, y oímos la Voz las dos a la misma vez: “Aquí ha sido oída la acción de súplica para que cambien el bien por el mal que hacían. Cuando lleguéis a la casa, os esperarán, porque ellos han oído la Voz del Cielo; os esperarán de rodillas y pronunciando: “Quiero que nos deis el perdón; hemos tenido una Visión de la Justicia del Cielo; y en vosotros está: iremos a Gloria o Infierno”.
Desperté, oí:
Esta familia sufría más, por ver que todos despreciaban a los dueños, que por el mal trato que ellos recibían.
Eran padres e hijos santos,
y el padre que desde Arriba
siempre estaba suplicando.
Suplicaba y pedía
que todos tuvieran Paz,
por que a los dos los quería.
No quería el sufrir
para los santos en la Tierra.
Y quería que su mujer,
por sus hijos fuera buena.
Todo el sufrir de su casa
fue culpa de su mujer,
que a Dios tenía en olvido,
por en Dios nunca creer.
Las súplicas de los santos
hacen que pidan perdón
si querían ser salvados.
A la misma hora que ellos,
oyeron la Voz del Cielo.
Los que no creen se quedan
rígidos y sin movimiento.
La madre y los hijos oyen
sin poder mover un dedo:
“Pedid perdón a los santos,
aunque no estén en el Cielo”.
“Que la actuación de los justos
es la que llena este Reino”.
“Cuando el que pise Tierra,
quiera dejar el Infierno”.
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Libro 6 - Dios Manda En Su Gloria que Enseñen - Tomo I - C6