En Sueño Profético decían:
¡Quién es el hombre para detener el sufrimiento de espíritu o de carne!
¡Quién es el hombre para decir: “Yo soy dueño de mi cuerpo y si quiero vivo aprisa, y si quiero vivo despacio”!
¡Quién es el hombre para decir esto que dictan en la Gloria y en la Tierra están escribiendo!
Si el hombre pensara que él tiene otro dueño, que a él le manda cuando él se cree dueño, si esto lo pensara se pondría las leyes justas, las que manda el Cielo, y educaba la carne y el espíritu, y le mandaría al cuerpo. Si el hombre hiciera este pensar pocos no serían buenos.
Dijo uno:
Todo el fallo del hombre es por creerse dueño de su capital, dueño de su autoridad, dueño de su pensamiento y dueño de mandarle a su lengua y a sus piernas movimiento. No pensar esto te hace vivir la vida sin control, buscando donde no creías encontrarlo.
Desperté, oí:
No es dueño el hombre, ni manda, ni en el dedo de su mano.
No es dueño ni del pensar que Dios no quiere que haga.
Si el hombre pensara esto dejaba todas sus faltas en un sitio que aborreciera si intentaba recordarlas.
Todo es por no enseñar que tú no eres el dueño, que tú eres un guardián.
Y que tienes el deber de conservar el espíritu para entregarlo a la Gloria.
Si tú te tienes por dueño todo lo harás mal.
El hombre debería pensar:
– Yo soy guarda y Dios me espera, que Él es el Dueño y Él me dejó su mandar.
Si esto el hombre pensara ganaba la Gloria y vivía la Eternidad.
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Libro 69 - Dios No Quiere, Permite - Tomo VIII