domingo, 23 de septiembre de 2012

Enseñar con el Evangelio Diciendo

En Sueño Profético hablaban de la Enseñanza del espíritu. Decían:

Para enseñar con perfección, tiene que ser persona que Aquí haya sido enseñada.

La Enseñanza del espíritu es la misma Enseñanza para todos los espíritus, pero hay espíritus que tienes que enseñar según el profesor vea.

Hay espíritus retirados de Dios, que con Enseñanza pueden ser para Dios.

Hay espíritus de Dios que, por falta de Enseñanza, no pueden ellos hacer ni extenderse todo lo que quisieran para quitar a otros espíritus de hacer pecados.  

Hay personas buenas que no conocen al espíritu enfermo ni el espíritu endemoniado, y al no conocerlo, no saben cómo actuar: cirujano que tiene que operar sin saber donde raja; arquitecto que edifica sin haber visto los planos. Para hacer esto en lo material, tienes que tener localizado el mal y edificar con los planos. Pues para enseñar a un espíritu, tiene que ser con Palabras que Aquí fueron dichas al espíritu que Dios arrobó para su Enseñanza, o con Palabras del Evangelio que el mismo Dios dejó escritas.

Es más fácil enseñar con el Evangelio Diciendo. Dios Saber, que manda a la Sabiduría, siempre tiene sus Palabras Diciendo.

Desperté, oí:

Dios no cortó el Evangelio, porque Dios no murió.

Dios sigue hablando, y ya es Evangelio.

Dios le habla a uno para que éste comunique lo que en él habla, y oye.

Dios no deja que el hombre enseñe de lo que el hombre quiera decir: “esto es mío”.

Dios enseñó y sigue su misma Enseñanza sin reforma.

Caridad, Amor y pecado, a esto fue su Venida.

A enseñar a amarnos como Él nos amaba, a tener caridad del que necesita del que lo tiene todo.

A que dejáramos el pecado; el que no había pecado, no pecara; a darnos el premio del Perdón cuando quisiéramos ser perdonados.

Dios habló cuando hizo el mundo material, y dejará su contacto cuando no exista materia.

La Enseñanza del espíritu, mejor la puede enseñar aquel que vive la Gloria sin su materia enterrar.


***

Libro 8 - Dios No Quiere, Permite - Tomo I - Pag. 81-82-83