sábado, 7 de junio de 2014

El pecado ofrecido y el pecado buscado

En Sueño Profético hablaban del pecado y del pecador. Hablaban del pecado ofrecido y del pecado buscado. Hablaban de la fuerza del mal. Decían:

El pecado tiene mil formas para ser aceptado, y también para no ser conocido como pecado. El pecado es centinela, pero con traje cambiado para no ser conocido hasta que tú hayas pecado. El pecado se presenta muchas veces con amenaza y con llanto.

Dijo uno:

Yo quité a un amigo mío de caer en el pecado. ¡Bueno, lo quitó Dios que me echó a mí por un camino cambiado! Porque yo siempre decía: “Señor, ¡qué alegría si yo Te pudiera servir en algo!”.

Pues iba buscando a uno para venderle ganado –que éste era mi vivir–, y me metí en un camino que yo no iba allí. Había una mujer con un niño en brazos, y otro –dos años escasos tenía– que llevaba de la mano. Cuando el amigo me vio, se fue para mí y me dio un abrazo. Me quiso contar la historia y mi poder fue callarlo. Llegué hasta la mujer y le dije con agrado: “La comida de los niños, mi amigo y yo nos encargamos. En la tienda de la plaza la recoge con el día, cuando se vaya al trabajo, que es en un caserío para que tenga cuidado de algo que los caseros le manden, pero no de gran trabajo. Que le acompañe el marido; y cuando ya tenga trabajo, que no tenga compromiso por haberos yo mandado.

Desperté, oí:

La mujer con los dos niños
quería admitir pecado.

Porque el pecado le hacía
que le llegara pensar, diciendo:
“esto no es pecado”.

El primer hombre que llega,
varios días era esperado.

Le daba lo que podía,
y lo iba acorralando
de lo que él no quería.

Ya llegó
el que con el pecado trabajaba
y siempre podía él.

Podía porque en su mente
siempre tenía estas frases:

“Señor, ¡qué alegría si yo
Te pudiera servir en algo!”.

El pecado quería
hacer que lo aceptaran,
admitido por el engaño.

Y el que ama a Dios,
se presenta, da el arreglo
y desbarata el pecado.

Si el hombre aprendiera esto,
conocía el pecado.

Y ya sería pecador,
pero no era arrastrado.


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Libro 17 - Investigaciones a La Verdad - Tomo II - Pag. 125-126-127