En Sueño Profético decían:
¡Qué pena tiene que ser
que otro luzca tu aderezo!
¡Qué pena tiene que ser
que cojas lo malo por bueno!
¡Qué pena tiene que ser,
querer recoger el agua
que tú dejaste caer!
Todo esto va para el hombre,
para que cosa que haga,
piense en hacerla bien,
y cuando tenga la silla,
no haga descanso en pie.
Dijo Santiago:
Aquí refiero unas Palabras que dijo el Maestro a un grupo de hombres que salieron un día al encuentro de nosotros.
Dijo el grupo:
–El año que viene Te oiremos algún día en la montaña, pero este año la faena es mayor que el deseo de oírte, y el tiempo falta y la faena sobra.
En este grupo iba un primo de Santiago. Y estas fueron las Palabras del Maestro:
–Puede que cuando no tengas faena, no tengas ni faena ni Maestro. Pues al que quiere oírme, Yo le acorto la faena y le alargo el tiempo. Mis Palabras, aquí tienen resonancia, y enseñándolas, llegan a todos los rincones, pero mi Presencia es privilegio para pocos. Si tú no abrigas este privilegio, para qué te voy a dar la ropa.
Todas las miradas fueron buscando el Rostro de Dios Hombre.
Desperté, oí:
¡Da que pensar el empiezo,
de no querer lo que tienes,
y estar siempre despreciando!
¡Primo de Santiago era
el que le faltaba el tiempo!
Y éste mismo convencía, con hechos,
de que le faltaba el tiempo.
Las Palabras del Maestro,
más que Amor, sembraron miedo.
Miedo, porque fue con pena,
cuando dijo privilegio.
¡Cuántos pueblos hubieran dado
el sudor por conocerlo!
El sudor era el salario,
que brotaba de su cuerpo.
Otros, lo hubieran seguido,
olvidando la materia.
¡Cuántos miraron al Cielo,
cuando lo anunció la estrella!
Y éstos que allí lo tenían,
un año se echan de sentencia,
sin oírlo noche y día.
Cuando el año pasó,
al Maestro no veían,
porque cogió otro camino,
que lo amaban y lo querían.
Si Dios te da un privilegio,
abrígalo con Amor,
que Dios no sienta desprecio.
***
Libro 3 - La Palabra del Creador - Tomo I - Pag. 72-73-74
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domingo, 16 de diciembre de 2012
lunes, 28 de noviembre de 2011
"Los que peor veían, tenían más privilegio" - Libro 10 - Hechos de Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo I - Pag. 56-57-58
En Sueño Profético hablaban de Dios Hijo, pero no de una misma cosa.
Ya dijo uno:
Somos los Discípulos de Jesús, el Salvador del que quiere ser salvado, y referimos un hecho para que sea ahí contado. Es dicho por sus Discípulos, pero Dios nos está mandando. A uno sólo se oye y a veces alguno afirma el caso. Este que hablaba, se juntaban sus palabras con las que estaba pensando, y siempre era el mismo y ninguno intentaba cortarlo. Éste ya es el referir:
Iba el Maestro a predicar a una casa de gente bien acomodada, porque disponía de unos patios bastantes grandes, que estaban amurallados en forma de palacio, rematando la muralla con unas torretas a las que podía subirse por un torreón con escalera, que aquello lo sabía el dueño, quien sin dar extrañeza guardaba la llave. Se la pidió uno de los criados, y cuando llegó el Maestro, era a todo el rededor del patio, la muralla cubierta de hombres sentados en espera de sus Palabras. Llegó el Maestro, y todos los que estaban sentados en los bancos se pusieron de pie, y los que estaban arriba en el final de la muralla, se pusieron de rodillas. Fue la primera mirada del Maestro al Cielo, y dijo:
“Yo aquí no puedo predicar para enseñar, porque no hay Amor de hermanos. Si todos los que están en la muralla entran en el patio y se reparten el sitio con Amor de padre e hijo, ya quedáis todos igual para mi Padre, pero así quedan ellos más preferidos, y Yo tengo que enseñar al que no sabe. Una vez que aprendáis, ya es cumplir mis Palabras, pero con Libertad. –Y siguió diciendo–: El dueño es el único que es igual para mi Padre, porque ya no puede dar más sitio y da la llave. Pero todos los que estáis sentados, debéis de quitar los bancos y que ellos se bajen, o abrir el portalón, y todos, en el campo, oírme a Mí diciendo: “Éste es el Padre”.
Desperté, oí:
Todos se salieron fuera,
y los de la muralla
bajaron al suelo.
Quedaban los preferidos,
porque quedaban en medio.
En medio del gran Poder,
por el Amor que subieron
al filo del murallón.
Por encima de la cabeza
estaba Dios Padre en ellos.
Y debajo estaba el Hijo,
con su mirada hacia ellos.
Los que peor veían,
tenían más privilegio.
Y Dios tenía que enseñar
para que fueran aprendiendo.
Ya todos, de pie en el campo,
de rodillas comprendieron.
Que la enseñanza sirve
con el ejemplo primero.
***
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