En Sueño Profético hablaban de Dios Hombre. Decían:
El que con Él vivió, veía en sus Palabras y Respuestas que era Dios. ¡Cuántas veces referíamos las Palabras que uno le obligó a que le dijera!
Estando un día el Maestro hablando en la sinagoga, cuando ya terminó, se acercó uno y le dijo:
–Tu eres judío, y tus Palabras las cobras a buen precio, según me ha dicho un samaritano.
Quedó el Maestro sin dar paso, y poniendo la Mano y Brazo hacía arriba, dijo estas Palabras:
–Si no sabes quién Soy, mal dichas son tus palabras. Y si sabes quién Soy, te has presentado como un fariseo.
–Mi Padre manda que tu andar sea sin dar la espalda al que su Palabra repite. Marcha a pisar los terrenos del pecado que dejaste.
Y con la cara del pecado, pero vencido, anduvo con pasos atrás, y mirándonos el Maestro, nos dijo:
–¡Qué palabras, y cuánto daño le han hecho a mi Padre! Si el Perdón que es lo de más precio, mi Padre lo da gratis, ¿cómo Yo voy a cobrar por enseñar a que se amen, siendo esto de menos precio que el Perdón?
Yo no cobro, porque Yo pago. Pago, al que cumple las Leyes que mi Padre tiene escritas para que el hombre haga, Salario Eterno.
Desperté, oí:
Dios, con el Poder de su Mano, lo retiró, lo dejó sin pronunciar palabra, y todos los que lo seguían, desaparecieron.
Quedó un silencio en la sinagoga,
sin ruido las pisás,
pero sí veías los rostros
con ganas para llorar.
Otros sacaban pañuelos
y el rostro querían tapar.
Esto es lo que querían,
y llorando iban ya.
¡Decir que ponía precio
y que cobraba su hablar,
cuando Él lo que pedía,
que lo fueran a escuchar…!
Si la Palabra de Dios
no se podría cobrar,
si ahí le pusieran precio,
precio en lo material.
¿Dónde estaría el dinero?
¿Dónde estaría el caudal?
¿Dónde estarían las manos,
que la pudieran pagar?
Si Él es Dueño en la Tierra,
y Dueño en la Eternidad,
¡cómo cobrar las Palabras
que el Padre le manda hablar?
No hay dueño que se cobre,
lo que suyo era ya.
***
Libro 3 - La Palabra del Creador - Tomo I - C3
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miércoles, 27 de enero de 2016
lunes, 13 de mayo de 2013
Las cosas de Dios no tienen mañana
En Sueño Profético decían:
Las cosas de Dios no tienen mañana, no tienen estudio, son tan sólo Amor.
Las cosas de Dios son siempre sencillas, es el hombre quien la desfigura
para mal, aunque para bien diga.
Tan sólo el decir: “esto dicen Arriba, donde habita Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu y la Madre de Dios Virgen”, ya pecas al reformar, aunque digas mejorar.
Dijo uno:
¿Quién diría mejorar lo que de Dios dice y manda en su Gloria que sea dicho al hombre para reforzar su Enseñanza?
¡Si tan sólo el pensarlo, es declararte enemigo suyo, ya sin temor a las pérdidas, aunque Amor no sintieras! Pero el creer te hace temor. Temor al rayo que ves caer en la tormenta; temor a que los ríos crezcan de altura, no de largura, porque ya el mar espera; temor a lo que las manos del hombre no tienen poder ni fuerza!
Si el hombre pensara esto, miedo sentía de verse tan microbio al lado de esta Grandeza.
Desperté, oí:
Que el hombre le de sentido
a la palabra “el reforzar su Enseñanza”,
lo mismo que Aquí se ha dicho.
El reforzar es que el hombre piense
que Dios es siempre el mismo.
Por eso sus Enseñanzas
tienen que ser dichas
por el que Él trajo
a su Gloria en espíritu.
Y éste mismo, dejar escrito
Palabras que le han dicho
y hechos que ha visto.
Aquí verás la Verdad,
porque en los Dictados
no admite razones
ni a ministro ni a seglar.
¡Qué cierto que las cosas de Dios
no tienen mañana!
No notas su peso,
y jamás te cansan.
Dios, Creador único de la existencia
del espíritu y el cuerpo,
manda con grandes destellos
a que el hombre vea claro
que Él no tiene tiempos.
Ni en presente ni en pasado.
Que si todo esto escrito
lo compara con el Nuevo Testamento,
verá que todo es lo mismo.
Aunque al hombre le moleste
que siempre haya Elegidos.
Porque al hombre le agrada decir:
“¿Quién a Dios ha visto
y ha oído su habla?”.
Luego, él Le reza
cuando le hace falta
algo de la Tierra
que Aquí se rechaza.
Quiere el hombre a Dios,
pero que no oiga a nadie
que diga: “¡Sí, lo he visto yo!”.
***
Libro 17 - Investigaciones a La Verdad - Tomo II - Pág. 117-118-119-120
Las cosas de Dios no tienen mañana, no tienen estudio, son tan sólo Amor.
Las cosas de Dios son siempre sencillas, es el hombre quien la desfigura
para mal, aunque para bien diga.
Tan sólo el decir: “esto dicen Arriba, donde habita Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu y la Madre de Dios Virgen”, ya pecas al reformar, aunque digas mejorar.
Dijo uno:
¿Quién diría mejorar lo que de Dios dice y manda en su Gloria que sea dicho al hombre para reforzar su Enseñanza?
¡Si tan sólo el pensarlo, es declararte enemigo suyo, ya sin temor a las pérdidas, aunque Amor no sintieras! Pero el creer te hace temor. Temor al rayo que ves caer en la tormenta; temor a que los ríos crezcan de altura, no de largura, porque ya el mar espera; temor a lo que las manos del hombre no tienen poder ni fuerza!
Si el hombre pensara esto, miedo sentía de verse tan microbio al lado de esta Grandeza.
Desperté, oí:
Que el hombre le de sentido
a la palabra “el reforzar su Enseñanza”,
lo mismo que Aquí se ha dicho.
El reforzar es que el hombre piense
que Dios es siempre el mismo.
Por eso sus Enseñanzas
tienen que ser dichas
por el que Él trajo
a su Gloria en espíritu.
Y éste mismo, dejar escrito
Palabras que le han dicho
y hechos que ha visto.
Aquí verás la Verdad,
porque en los Dictados
no admite razones
ni a ministro ni a seglar.
¡Qué cierto que las cosas de Dios
no tienen mañana!
No notas su peso,
y jamás te cansan.
Dios, Creador único de la existencia
del espíritu y el cuerpo,
manda con grandes destellos
a que el hombre vea claro
que Él no tiene tiempos.
Ni en presente ni en pasado.
Que si todo esto escrito
lo compara con el Nuevo Testamento,
verá que todo es lo mismo.
Aunque al hombre le moleste
que siempre haya Elegidos.
Porque al hombre le agrada decir:
“¿Quién a Dios ha visto
y ha oído su habla?”.
Luego, él Le reza
cuando le hace falta
algo de la Tierra
que Aquí se rechaza.
Quiere el hombre a Dios,
pero que no oiga a nadie
que diga: “¡Sí, lo he visto yo!”.
***
Libro 17 - Investigaciones a La Verdad - Tomo II - Pág. 117-118-119-120
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