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jueves, 26 de enero de 2023

Ten siempre mi Presencia

En Sueño Profético decían:

No hay alegría mayor que estar al lado de este Elegido de Dios y oír las Palabras que dice en su Gloria. Los que le esperan con enfermedad, saben que Dios, a este Elegido, le da poder para que consuele al enfermo, levante al caído y, también, para pedir y repartir para que no se muera el hambriento. Ésta es la vida que pueden ver que hace el Elegido, ya durante tanto tiempo.

Quedé como dormida, pero viendo y oyendo esto que mandan que quede escrito:

Se vio una luz grande, que los brillos tapaban el sitio donde estaba el Elegido dormido. Desapareció la luz y se vio el campo, y venían unos, con cuerpo de cuando vivía el Maestro, se apartaron y se vio a Dios Hijo, con su Túnica y su Manto. Estas fueron sus primeras palabras:

“Ten siempre mi Presencia, aunque no la verás como ahora la estás viendo, porque Yo estoy en los que mi Mando cumplen. Si mi Mando te faltara, ya las fuerzas mi Padre no las mandaba”.

Desperté, oí:

Pon alegrías recordando las Palabras y Visión que Dios pone delante del Elegido.

El oír las palabras que dice, el mismo Dios, el que las tiene, no sabe cómo van a terminar.

Los que están aquí unidos están contentos al Mando que el Elegido les da.

Faltan alegrías, que son éstas:

El ver a la carne que Dios me unió, en su despacho, como cuando copiaba los Mensajes, y decía estas palabras:

“Ana cuídate, cuídate, que tu cuerpo le hace falta a tu espíritu para hacer, en el Prójimo, esta Enseñanza”.

***

Libro 64 - Hechos de Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo VIII - C8

martes, 15 de marzo de 2022

Ten cuidado con el que te pare

En Sueño Profético se vio una nave grande, más bien larga que ancha, y una mesa con la misma largura, si contabas el sitio que ocupaban las sillas, por estar unas de otras retiradas. Había una ventana con reja, y unos muros que servían como mesa para poner lo que no cabía en ésta y que de la calle llevaban.

Ya dijo uno:

“En esta mesa oímos a Dios Hombre y Maestro –que era como quería que Le llamáramos– Palabras de alegría, Palabras, que el oírlas nos hacía pensar que así tenían que ser, porque eran pocos los que Lo seguían”.

Dijo Santiago:

“A mí, una noche, me quitaron el sueño estas Palabras que aquí me mandan dictar”:

“Estando ya terminada la cena, se vino el Maestro hacia mí y me dijo”:

“Santiago, ten cuidado con el que te pare y no Me busque a Mí, que soy el que hago lo imposible, que el hombre no puede llegar a hacer, y lo fácil lo hago imposible, por ser Dios Padre Eterno el que actúa en Mí, que soy Dios Hijo, pero que Todo es un mismo Dios”.

Y siguió diciendo:

“Los que te esperan son espíritus con Mando de Satanás, y te invitan a cenar para que ensucies mis Palabras cuando te vean con ellos sentado en la misma mesa. Si tú caes en este ofrecimiento, luego, tu arrepentimiento te pondrá enfermo, y ya oirán que el Maestro no es Dios”.

Desperté, oí:

Estos que me esperaban, siempre me ofrecían el comer juntos, porque querían que yo me retirara un poco del Maestro.

Yo los tenía por buenos, porque no hablaban mal del Maestro.

Pero el Maestro sabía lo que ellos querían que yo hiciera, que era que me vieran con ellos, con la misma amistad que tenía con los Discípulos.

Cuando comprendí lo que me había dicho el Maestro, no podía dormir.

Cogí a Felipe, a Juan y a Pedro y les dije que me acompañaran a pasar por donde estaban esperando que yo pasara.

Me paré y oyeron estas palabras:

“Si algún día dije que comería junto con vosotros, olvidad esas palabras y recordad éstas que vais a oír”:

“Hasta que no os vea pisar el sitio que yo piso por oír al Maestro, no hacedme ofrecimientos que son de Satanás, para ensuciar lo que Dios está diciendo”.

Llevé a Juan, a Felipe y a Pedro para que aquello no quedara en secreto.

Tiene que tener cuidado, el que Dios trae a su Gloria, con los espíritus malos.

Santiago

Un Discípulo de Dios

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Libro 54 - Hechos de Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo VII - C1

miércoles, 12 de mayo de 2021

Señor, ten Misericordia

En Sueño Profético hablaban de muchos que Dios habló en ellos, y también hablaban de los que Le pusieron la prohibición a la Palabra dicha por Dios y oída en el hombre. Éstos decían lo que Dios les mandaba que pronunciaran sus lenguas, y siempre actuaban con el Mando de Dios. A estos Profetas les vieron cosas raras: unas, con cobardía; y otras, con grande decisión; éste era el comentario que en boca del hombre se oía; pero el Profeta seguía el Mando y la Obediencia a la Voz de Dios, y a la Visión. ¿Cómo poder meter esto al que no creía en la Existencia de Dios? ¿Y cómo se iba a callar y contentar, ante este Profeta, el fariseo? Ya inventaría calumnias; ya iría en busca de los hombres de la Tierra que ocupaban grandes cargos; ya harían su dictadura, amenazando al Instrumento de Dios, escribas y hombres de leyes, corregidores y gobernadores, reyes con grandes palacios y empresarios con batallones de hombres. Éstos eran los que perseguían a los que Dios manda que hablen.

Dijo Catalina de Siena:

Esto es perro ladrando a la Luna.

¿Quién puede a Dios revocarle,

cuando Él le diga a uno:

“Ésta es mi Gloria.

Éste es mi Padre.

Yo paro las tempestades

y soy Dueño de los mares,

que tan sólo de mirarlos,

el agua puede acabarse”?

Yo, Catalina de Siena,

no pude su Mando parar,

ni tener en silencio sus Palabras,

para donde iban “mandás”.

Yo me enfrenté con el bueno,

que bueno decían que era;

le contesté al fariseo,

a tantas palabras necias

que quería desmentir

sin pensar que yo no era

la mujer que él veía,

que él veía

a Catalina de Siena.

Desperté, oí:

El que no amaba, oía

sin sentir Amor de Dios.

Sin saber que todo callas,

menos Palabras de Dios.

Palabras, no que tú lees,

Palabras que sólo Dios

las dice en el que coge.

Y éstos ya darán el son,

donde Dios quiere que suenen.

Unas veces verán cosas tibias,

y otras, reacciones fuertes.

Todo, menos el silencio,

aunque vayan a la muerte.

Porque mataron el traje

creyendo que daban muerte.

Aquí se descubre claro

que no creen que Dios vive,

y que pueden ser juzgados.

El que persiga al que diga:

“Dios me trae Aquí a su Gloria”,

no le va que luego diga:

“Señor, ten Misericordia”.

Porque en la llamada a Dios,

tienen momentos que llaman

cuando ya no oye Dios.    

***

Libro 8 - Dios No Quiere, Permite - Tomo I - C2