En Sueño Profético decían:
No es vivir para Dios, cómo vivir en contra de Dios. No es lo mismo amar sin descanso, que cansarte antes de ir a buscar donde digan “Dios, hablando, allí está”. Y no es lo mismo decir “Señor, Tú mandas”, que su Mando te moleste. Te moleste hasta el extremo de que tu vivir ya lo hagas retirando de este Cielo.
Dijo uno:
Mi mayor cansancio era el que llegara la noche y en mi mente pusiera: “Hoy, mi tiempo se me fue sin hacer servicio al Cielo. Los que no quieren a Dios me han robado el tiempo. Mañana, yo obligaré al tiempo, y tengo que desquitarme. Señor, prometer no te prometo, porque prometerte a Ti sería no creer que eres Dueño de mi espíritu y de mi cuerpo. Prometerte, sí Te prometo, que cuando quieras mi espíritu, dejes mi cuerpo muerto”.
Estas palabras, siempre que yo no cogía parte del día para el servicio de Dios, me dejaban durmiendo.
Desperté, oí:
Mi trabajo era duro,
con el martillo en la fragua.
Pero tres que había conmigo,
y la gente que entraba,
hacíamos buen servicio,
y el tintineo de compaña.
El trabajo entraba solo,
sin que nadie lo buscara.
Luego, el buscar el bien,
sin preguntar nos llevaban.
Se cundió:
“Ve y pregunta allí en la fragua,
dónde vive la mujer
que ayer pedía limosna
para el marido y los hijos,
que la vivienda era una choza”.
O el paralítico,
que en la fragua se lleva
horas y horas oyendo
a los que acuden como él,
para que los socorran.
“La fragua de la abundancia,
del amor y la esperanza”,
en el pueblo le pusieron.
Cuando no acudía gente,
aquella noche,
a mí no me entraba sueño.
A la mañana siguiente,
el Nombre de Dios,
en todo ponía delante.
“Señor, que tu Nombre
en mí se oiga con más fuerza
que el martilleo al hierro hace”.
***
Libro 21 - Te Habla El Profeta - Tomo III - C7
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