En Sueño Profético vi una calle sin casas, era la espalda de donde estaban las casas, eran murallas que parecían de las mismas casas. Había unos hombres hablando, pero no entendía lo que hablaban para luego contarlo.
Se quitó la Visión y dijo uno:
Ya viene la Enseñanza del hombre. Estos hombres que hemos visto, igual se vieron una mañana hablando del Maestro. Pasaba Él con dos de sus Discípulos y viendo que guardaron silencio, fue este el saludo del Maestro:
—Es lástima que tengáis que veniros aquí, a este silencio, a referir mis Palabras y que no den salvación a muchos. Que puede que al oíros dejen de pecar y se salven. Si así vais a seguir, no id a oír mis Palabras, porque podéis pecar más que el que no va porque no Me ama.
Siguieron andando y llegaron a una plaza y había uno con gran corro, y el Maestro quiso llegar, cuando sólo se oía con grande voz:
—Ese hombre es Dios del Cielo. Yo voy siempre detrás y todo lo que Le oigo lo digo donde más puedan oírme. Que a veces cuentan mejor que yo el hecho que yo oí. Pues no me alboroto y me entran un gran contento porque ya se que hay otro que habla bien del Maestro”
Fue aparecer el Maestro y salirse del corro que tenía, porque le avisaron, y decir:
—Maestro, he cogido tu sitio pero sin saberlo. Me puse a hablar de lo que Tú hablas y cuando acordé me vi dentro.
Desperté, oí:
Aquella mañana quiso el Maestro enseñar con los mismos hombres a los hombres.
Unos oían su Palabra y se escondían, porque a sus nombres podía perjudicarles el nombre del Maestro, para opinar. Aunque siempre terminaban diciendo: “son Palabras con fuerza que no ha dicho nadie”.
Al segundo que el Maestro pilla hablando de Él, él y unos amigos oían para que otros oyeran.
Y se ponían a hablar en el sitio donde más gente acudiera.
Lo mismo acudían escribas que el que cuidaba la tierra y cosecha recogía.
Cuando dicen “el Maestro viene”, se creía haber hecho mal con la gente que allí había.
Se sale y dice: “Maestro, es tu sitio. Empecé sin saber que Tú venías”.
Siempre buscaba los sitios donde más gente acudía.
El que guarda la distancia de Dios en sabiduría iba a sitios solitarios por si preguntas le hacían.
A éste le dijo el Maestro que seguirlo sin predicar y ocultándose, no le servía.
No te ocultes ante el hombre de las Palabras de Dios, que son la Salvación del hombre.
¡Qué alegría le dio a Dios cuando oyó la gente: “Maestro es tu sitio”!
Y del corro se salió con alegría y contento al oír su Voz.
Fue la Mano del Maestro la primera que en su hombro descansó.
Los que no querían decir “vamos a oír al Maestro”, nunca pudieron decir “sentí su Mano en mi cuello”.
No se oían otras palabras que el abrazo del Maestro.
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Libro 74 - Hechos de Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo IX - C4
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