En Sueño Profético hablaban del pasado, del presente y del futuro; de la vida, de los años, de querer que el tiempo pase aprisa o que se quede parado; del que hizo vida buena sin tener látigo alzado, para que no se moviera.
Era hablar del hombre, porque el tiempo es el mismo. Nada tiene movimiento. Todo cumple en cada sitio. El día no le quita el sitio a la noche. La noche espera con calma hasta que el Sol se esconde, y con grande suavidad lo va siguiendo la noche.
¡Esto es siempre igual!
Las nubes te anuncian agua y no respetan la tierra; hacen el Mando de Dios.
¡Aquí no llega la ciencia!
El rayo siempre cayó apartando oscuridad, y después de estar en la tierra, el trueno avisa ya.
El pasado siempre fue: recuerdos buenos o recuerdos malos; morir niño o morir anciano, o quedarse en este centro, que un tiempo has pasado y a otro no has llegado.
¡Esto tampoco tiene cambio!
El tiempo no se reforma, es el hombre el reformado. Pero es reforma hueca, porque a Dios tiene apartado.
Dijo uno:
Dios no cambia sus Palabras, ni su Mundo, ni el nacer, ni el morir. El que quiera aquí reforma, vive de Dios apartado. Porque reformarle a Dios es creerse el hombre sabio, corrigiendo al Creador.
Desperté, oí:
Todo lo que se ha nombrado
tiene Obediencia a Dios.
Y nada verás cambiado.
El mundo vive la calma,
y el hombre tiene al mundo alborotado.
Porque quiere que ese mundo
viva detrás de su mando.
Aquí tropieza mundo que acaba,
con Mundo Eterno.
Que de Aquí salió
todo lo que hay hecho:
Tierra, agua, noche, día,
vivos y muertos.
Pues a pesar de los siglos,
aún sigue todo saliendo.
***
Libro 20 - La Palabra del Creador - Tomo II - Pág. 14-15-16
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sábado, 25 de mayo de 2013
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Yo quise buscar a Dios, y Dios salió en busca mía - Libro 6 - Dios Manda en su Gloria que Enseñen - Tomo I - Pag. 84-85-86-87
En Sueño Profético decían:
“Yo quise buscar a Dios, y Dios salió en busca mía”.
Un día, cuando el sufrimiento ya no tenía cabida en mí –pues de tres hijos que tenía, el mayor a Dios no amaba; no amaba y a los dos menores, cuando veía que entraban en la Iglesia, los sacaba. Este mayor tenía veinte años y, los otros dos, catorce y trece. El padre murió cuando el pequeño no contaba aún dos años. Yo trabajaba en el campo, y así ganaba para ellos. Pero este hijo mayor me dio muchos sufrimientos. Yo no quería olvidar lo que el padre murió diciendo: “¡Que cuidéis de vuestra madre, que por ella voy al Cielo!”. Y es que siempre estaba en ruego, en su larga enfermedad, para que yo no culpara, a este Dios, de su mal. Mis ruegos, a Dios llegaron, y él me animaba a mí, y él tenía el daño. Cuando le daba el dolor, su rostro no lo decía, para que no sufriera yo. Todo es sufrir de muerte, cuando el sufrir es sufrir, pero ya lo de mi hijo, no era sufrir, era morir–. Una noche, aún no de noche, y cuando a mi casa venía, me emparejé con mi hijo, que contento y apenado venía: “Vengo contento por ti, y apenado por el tiempo que tanto te he hecho sufrir. He visto a Dios en la arboleda, y te lo voy a describir: “Venía yo por la carretera, y de pronto se quitaban los árboles, y en cada árbol quedaba un cirio. Viendo yo la luz arder, quise que tú también la vieras, y prendí este papel. Cual sería mi sorpresa, cuando el papel, quemado no estaba, y la arboleda estaba toda señalada, señalada y un camino que Dios se veía de espaldas.
Desperté, oí:
Madre e hijo besaban,
los dos con gran ansiedad,
el papel, la arboleda,
que esto era a Dios besar.
A Dios vio en la enfermedad,
porque a Dios amaba ya.
Para su hijo a Dios llamó,
y en la arboleda lo vio.
Lo vio y le llevó la prueba,
para que su madre la viera.
Los tres hijos entraban ya,
a la Iglesia, con la madre a rezar.
La madre mandó al padre al Cielo,
y el padre pidió por ellos.
***
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