miércoles, 10 de julio de 2013

Muerte del espíritu y muerte de la carne

En Sueño Profético hablaban de la muerte del espíritu y de la muerte de la carne. Decían:

El hombre, muere la carne y llora; y mata al espíritu riendo y desafiando a Dios con el pecado.

Dicen en Gloria que van a contar un hecho para que sirva de Enseñanza a los cristianos.

Dijo uno:

Iba yo en un entierro acompañando a un cuerpo para enterrarlo, de un gran amigo mío. Y vi que iban unos llorando y estas palabras decían: “Ya no lo veremos más cuando el cuerpo sea enterrado”. Y más fuerte era el llorar. Otro que iba a su lado le contestó este contestar, que puso un gran silencio y nos dejó gran pensar: “¡No le lloremos al cuerpo! ¡Si el cuerpo nace para enterrarlo! ¡Es al espíritu al que hay que llorarlo! Cuando el cuerpo esté vivo y no haga el camino de Dios, es que está enfermo el espíritu, y si no le das la medicina de la obediencia de Dios, tendrá entierro eterno”.

Aquí es donde tienen que echar las lágrimas, cuando vean andar el cuerpo, que es el traje del espíritu.

Pues piensa, y verás que nadie se ocupa de esto: ni de sanar el suyo, ni de sanar el del amigo.

Aquí, el llanto ya no puede dar remedio. Mandemos una oración que empiece con la palabra “Padre Nuestro que estás en los Cielos”; y termine: “no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal, amén”.

Desperté, oí:

¿Quién haría un escrito
tan corto, de pocas letras,
y que enseñara tantísimo?

¡Qué cierto que el hombre
llora al cuerpo
y no defiende al espíritu
para que nunca dé Dios entierro!

¡Qué trabajo cuesta al Cielo
–por ser Dios el que lo manda–
que el hombre cuide el espíritu
y después un poco al cuerpo!

Que la taza sin el asa
puede servicio seguir haciendo.

Pero el asa sin la taza,
sólo te da recuerdo.

Recuerdo para poco tiempo,
como les pasa a los cuerpos.

Como le pasa a la rosa,
que antes de que la mires,
en el suelo ves las hojas;
pétalos, mejor dicho,
y contentas a la rosa.

Ésta es la vida del hombre:
miserable, pobre y corta.


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Libro 17 - Investigaciones a La Verdad - Tomo II - Pág. 82-83-84