En Sueño Profético vi una calle, las casas eran bajas y su color de muralla o de tierra. Se oyó una voz que parecía estar detrás de aquellas ventanas o que salía por la puerta, por lo bien y cerca que se oían las palabras. Que estas fueron las primeras:
En esta calle, y al pasar por esta casa, un día, cuando pasaba el Maestro con los Discípulos, salió un hombre y Le preguntó:
—Maestro, el que viva sin hacer pecados, si no va contigo y no Te sigue, ¿no le das tu Reino cuando muera?
Dio el Maestro tal contestación que, de los que oyeron en esta calle, aprendió todo el pueblo:
—El que pueda oírme y no me oiga, ya está pecando. El que pueda seguirme y no Me siga, ya está pecando. Y el que pregunte tu pregunta, no tiene hambre de mi Reino, y ya todo el Mando que Yo traigo del Cielo será para él un trabajo. No hay trabajo mayor que no tener hambre y ver el plato lleno. ¿Cómo crees que sería tu reacción si te obligaran a comerlo? Ahora piensa en tener hambre y ver el plato lleno. Pues figúrate lo que es tener hambre de mi Reino, comer tú y querer que más vayan comiendo.
Desperté, oí:
Siguió la calle adelante y el silencio lo seguía, mientras Él decía frases que todos Le comprendían.
¡Cómo quería que el Maestro le dijera que no pecaba, si no quería seguirlo ni oír sus Palabras!
Tenía tiempo para el tiempo que en contra del Maestro estaba.
Tenía tiempo para seguir al que del Maestro apartaba con los cuatro garabatos con los que la Tierra al hombre arrastra.
¡Qué ejemplo pone el Maestro: hambre de espíritu, hambre de cuerpo!
El que tiene hambre de espíritu, no se siente alimento hasta que oye o sigue las Palabras de este Cielo.
Pues figúrate oírlas a Dios Padre en Dios Hijo, pero viéndolo con Cuerpo.
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Libro 74 - Hechos de Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo IX - C7
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