En Sueño Profético decían:
¡Qué grande es el Amor de Dios, que
hace que olvides los sufrimientos!
¡Qué grande es este Amor, que ya no
puedes vivir sin oír al que Dios trae Aquí y le da Mando para que hable de la
Gloria, de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios Espíritu Santo, de los Ángeles y
de los Santos! Y ya, los Discípulos, ellos cuentan cómo lo pasaron. Que cuentan
hechos que cuando vivieron con cuerpo era vida de alegría y de sufrimiento, de
ver que siendo Dios el Dueño del Mundo, cómo les hablaba de lo que el hombre
Le haría.
Ya sigue un Discípulo de Dios Hijo el
Mensaje:
Nosotros, cuando más alegría
pasábamos era cuando nos decían: “¿Siempre tiene la misma Paz en sus Palabras
vuestro Maestro, como Le llamáis?”.
Fue
terminar estas palabras y llegó el Maestro. No tuvimos que decirle lo que
habían dicho, porque Él, sin palabras, sabía lo que iban a decir antes que de
la boca las palabras salieran.
“Yo
he venido para enseñar cómo vivir la Paz. Que la Paz es la llave de mi Gloria.
Y esta llave la tengo Yo hasta que deje mi Padre mi Cuerpo en la Tierra. Cuando
mi Cuerpo no veáis, ya estoy con mi Padre en su Reino, que es mi Reino también.
Entonces ya no hace falte llave, porque el Poder de mi Padre en Mí, su Palabra
las puertas de la Gloria abre”.
Antes del Maestro terminar, se puso de rodillas el que
preguntó con duda, y dijo: “Maestro, dime cómo Te nombro, porque sé que no
eres de la Tierra. Por haber hecho esa pregunta merezco castigo.” Se puso las
manos en la frente y se le oyó varias veces: “Perdóname, aunque no merezco el
pedirlo”.
Desperté,
oí:
Yo
soy un Discípulo de Dios Hombre, que delante de mí pasó este caso y hoy Dios
me ha mandado contarlo.
Este
hombre creía que era Dios, mandado por Dios Padre, pero tenía unos familiares y
amistades que no creían que era Dios, por el mal trato que algunos hombres Le
daban y Él los dejaba vivos.
Veían
con la alegría que siempre hablábamos del Maestro.
A
los Discípulos nos conocían más porque siempre nos veían hablando del Maestro.
Uno
era yo, que sin el Maestro no vivía, porque sin Él la vida no entendía.
Otros
decían: “El día que el Maestro no me diera Mando, para mí sería un castigo
vivir sin este Mando.”
Pues
esto, el que lo lea, si ama a Dios, piensa: “Señor mándame, que con tu Mando
veo que estoy con tu Rebaño.”
Donde
no veas Paz, no puede Dios estar.
Un Discípulo de Dios Hombre.
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Libro 54 - Hechos de Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo VII - C6