En Sueño Profético hablaban de las enfermedades del espíritu. Decían:
Al enfermo del espíritu hay que curarlo como al enfermo de la carne o como intentas curarlo. Entre estas dos enfermedades, la del cuerpo y la del espíritu, se pone más cuidado a la del cuerpo. Hay enfermos del cuerpo que no quieren curarse y rechazan la medicina o la cirugía que necesiten, pero una vez estudiado ya se verá de que forma intentará curarlo la familia o el médico. Lo mismo en la enfermedad del espíritu que en la enfermedad del cuerpo, si el enfermo quiere curarse será más fácil la curación. Que si no hacen por curarlos ellos no piden curación.
Para curar la enfermedad del espíritu tienes que estar impermeabilizado contra el pecado, como el médico que se previene para curar a enfermos infecciosos. Para curar el espíritu enfermo tienes que tener el tuyo al servicio de Dios, como el médico que para recetar cuenta con la botica. Un paralítico no puede ayudar a otro paralítico, ni un niño de corta edad puede coger a un hombre en brazos.
Desperté, oí:
Han hablado de los enfermos de espíritu y también de los endemoniados, que del espíritu sale la enfermedad.
Por eso Aquí recomiendan que el que intente curarlos tenga su espíritu bien sano.
Como el que cure infecciosos. Que aunque de Aquí lleve el Mando que no desafíe al contagio.
Estas dos enfermedades, la del espíritu y la del cuerpo, nunca pueden ser iguales, iguales en su curación.
Hay quien quiere curar su cuerpo dando grandes caudales y, al final, los familiares hacen entierro.
Pero el enfermo de espíritu si dice: “Señor, yo quiero”, de momento queda limpio.
Al endemoniado nunca le oirás decir: “Perdón Dios mío” en humildad y en silencio, que son los arrepentidos.
Hacen falta muchos hombres que curaran el espíritu.
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Libro 69 - Dios No Quiere, Permite - Tomo VIII