sábado, 26 de diciembre de 2020

El ciego

En Sueño Profético decían:

Hay quien castiga sin saber lo que debe castigar. Y hay quien premia lo que castigo tenía. Hay quien abusa del inocente creyendo que nadie lo está viendo.

Aquí cuento yo tres escenas que delante de mí ocurrieron:

Estando yo en una iglesia, había en la puerta un hombre ciego que, con su brazo, alargándolo, a todos los que entraban, se lo ponía delante, y estas palabras no dejaba de repetir:

   –Echad una mirada a este ciego, que yo antes de aquí ponerme, levanté mi cabeza al Cielo, y ha dicho Dios que me quedé. Soy ciego de nacimiento, y en ganándome el jornal, soy feliz como el primero.

Entraban bastantes a la iglesia y ponían en su mano la moneda: unos, con Amor; otros, con desprecio. Ya llegó uno y le dijo:

   –Voy a cambiar de iglesia por no oír siempre este mismo romance –y le puso la moneda tan en contra de la caridad, que ésta cayó al suelo.

Intentó el ciego rastrear con su mano, porque él siguió andando, y unos zagalones que también iban a darle, se adelantaron y se la dieron, además de la que ellos tenían en su mano, a los que les dijo el ciego:

   –Aunque no veo con los ojos, he sentido el desprecio. ¡Qué Dios no lo haya visto, lo que a Él mismo Le ha hecho! Córreme un poco para atrás, si es que estoy en medio.

Ya empezaron a pararse, y unos cuantos dijeron:

   –Si somos de verdad cristianos, debemos poner remedio. Yo asigno tantas monedas. Si alguno de los que me está viendo quiere agregarse conmigo, ya éste vendrá a este templo como el que más tenga en este mundo embustero.

Desperté, oí:     

Este ciego que nació

ya siendo ciego,

amaba tanto a Dios,

que servicio le hacía ciego.

Antes de empezar la misa,

el ciego, solo en la iglesia,

a Dios compaña Le daba.

Luego se salía a la puerta

porque Dios se lo mandaba.

Así cogería el sustento

que sin trabajo le daban,

y el capital, intacto se les quedaba.

Dios lo mandaba a la puerta

cuando entraban los cristianos,

para que se conocieran

los que entraban disfrazados.

El que a Dios no amaba

y despreciaba al pordiosero,

nadie así lo esperaba.

Se bajaba de su coche

y sombrerazos le daban.

Los caballos conocían

el mal trato que les daba.

Cuando él cogía las bridas,

la carne les señalaba.

Más de un día lloró el cochero

por el trato que les daba

a los caballos corriendo.

Mal final tuvo este hombre

después que lo conocieron.

De los tres hechos, dos ganan

con el premio de este Cielo.

Si el poderoso ama a Dios,

Dios da a él, el premio, primero.

***

Libro 14 - Dios Manada en Su Gloria que Enseñen - Tomo II - C5

1 comentario:

  1. Que Mensaje más grandioso!!!
    Deja el alma tocada y húmedos los ojos. El desprecio y la soberbia hicieron más mal al poderoso que al ciego que vivía con la Luz de Dios en el corazón.
    Está visto y comprobado que los de Dios siempre salen ganando
    El bando del enemigo siempre sale derrotado

    ResponderEliminar