martes, 8 de mayo de 2018

El alfarero

En Sueño Profético decían:

Tus palabras sean repetidas para el que tiene el sufrimiento o para el que pida el Perdón, pero no para el que viva el bien de este sufrimiento que el Instrumento lleva más escondido que viéndose.

Dijo uno:

Tu tiempo se ha cumplido, el tiempo de tener el deber de oír al que no sabe lo que dice ni lo que hace.

Dios Hombre dijo: “Señor, perdónalos, que no saben lo que hacen”.

Pero Aquí ya es muy repetido, para el que hace tiempo vio y ve esta Grandeza, que por ser grande, Dios manda que no se enfrenten palabras con las que no son de espíritus de la Gloria. Que esto lo sabe, que no son de Aquí, el que vive este Mando.

Esta aceptación de no cambiar las palabras que salgan de la boca del que Dios deja en él sus Palabras para Enseñanza del que las quiera, tiene que ser dando gracias al Cielo y reverenciando estas Palabras que son dichas Aquí, en el Reino de Dios, donde sólo vive el espíritu.

Esto, ya es tiempo con sobra de años, para que el que lo conoce, fuera a oír y reverenciar.

Donde no veas este contestar, queden tus palabras presas y prohibidas, como fue la prohibición al confesionario.

Desperté, oí:

Tus palabras –que no son tuyas– sean repetidas en los niños, aunque tuvieran cuerpo de hombre.

Pero no al que la palabra la utiliza para dar sufrimiento.

Dios Hombre repetía:

Haceros niños si queréis entrar en mi Reino”.  

En esta Enseñanza, para el que la conoce, ya se ha cumplido su tiempo.

El alfarero moldea,
pero no con barro seco.

Si está blando,
no se cansa el alfarero,
hasta que ve que el cacharro
ha cumplido sus deseos.

Pues la Palabra de Dios,
al espíritu lo hace barro,
si el espíritu es de Dios.

Si no está entregado,
siempre notarás dureza
y no podrás moldearlo.

El alfarero es el mismo,
pero no el mismo barro.

Piensa que el alfarero sufre
cuando no puede moldear el barro.

Pon al Elegido de alfarero,
y tú conviértete en barro,
y di: “Señor,
en tus Manos estoy.
Sin Ti, soy cieno, no barro”.


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Libro 27 - Dios Habla al No Quiero del Hombre - Tomo II - C7