lunes, 19 de agosto de 2013

La tranquilidad y el descanso vienen del espíritu

En Sueño Profético decían:

La tranquilidad y el descanso vienen del espíritu.

Si el espíritu no manda tranquilidad, no hay descanso ni dejas Paz.

Si el espíritu no está con Dios, no puede mandar descanso, aunque veas materia sentada.

Si el espíritu no vive reposo, Dios no lo visita.

Hay quien intenta dar Paz y da alboroto, alboroto dejando mal sabor.

Cuando el espíritu está educado, alborota con Paz y grita en silencio, porque su grito es de Amor a Dios.

Dijo uno:

Es difícil comprender las Palabras de Dios cuando no amas; es difícil porque en la misma Palabra te dice distintas frases, para el que ama. Esta misma que repito: “Alborota con Paz y grita en silencio”. Otra: “Yo he venido a Salvar al pecador que quiere ser Salvado”.

El que no ama, piensa: “Si es Dios Padre, ¿cómo un Padre puede dejar a un hijo que se pierda? Este es pensar de uno que no ama, y como no hay Amor, no hay comprensión.

Dios es más Dios por la Libertad que al hombre le deja. Primero Ama, deja que Lo ofendan, y si el que lo ofendió quiere, Él lo perdona. Si esto estudia el que lo ofende, ama y no deja que otro Lo ofenda.

Estas Palabras fueron dichas por Dios en el monte, en uno de sus Sermones:

“Si alguno amara sin Libertad, que no emplee la palabra “Amor”. Amor sin Libertad no es Amor del que mi Padre manda que Yo enseñe. Amor sin Libertad es del hombre, pero no de Dios”.

Desperté, oí:

Si amas, comprendes y aprendes
de las Palabras de Dios.

Si amas, no dices nunca,
¿por qué dice esto Dios?
Ya con decir esa frase
no das ejemplo de Amor.

Porque aquel que mucho ama,
oye respuesta,
sin que pregunte palabra.

La pregunta es la Paz
y la calma que derrama,
cuando espíritu y materia
hacen la misma Enseñanza.

Alboroto, que detrás
lo va siguiendo la calma,
y calma que ves a Dios,
que el Espíritu le manda.

Es difícil comprender
a este Dios lo que nos manda,
pero si vives Amor,
te sobrarán sus Palabras.


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Libro 2 - Meditaciones y Palabras Directas con El Padre Eterno - Tomo II - Pág. 139-140