viernes, 11 de enero de 2013

Son pocos los artistas que a la Gloria llegan


En Sueño Profético vi un museo. Eran unos salones con columnas y remates de ventanas de estilo de siglos pasados.

Se quitó aquella Visión que Dios hizo para el espíritu, y se vieron monumentos, de uno solo y de varios en grupo, en plazoletas y cementerios. Admiraban aquello, entendidos en la Tierra e ignorantes en las cosas del Cielo.

Se vieron muchas imágenes y esculturas de Dios puesto en el Madero, y de la Madre llorando cuando el Hijo se Lo dieron; muchos ángeles desnudos, muy bien señalado el cuerpo.

Ya dijo el Mando de Dios, que es el que hace el Arrobo:

De todos los que hicieron estos trabajos, y muchos que hay hechos, que aquí no se han traído, muy pocos están en el Cielo. Ellos buscaban su estilo, profanando y mintiendo. Buscaban tener la gloria en la Tierra y gran sitio en el Infierno. No les importaba que se conociera que era Dios. Era presentar un trabajo con medidas estudiadas, olvidándose de que fue a Dios al que en la Cruz Lo clavaron.

Si el que martillea ama, él se siente martillazos y lo hace sin recreo, poniendo datos que fueron no para ser alabado. Para esto, que coja otro cuerpo.

¿Quién haría de un ser querido, muerto por un atropello, una pintura o una escultura de donde tuvo la rotura, si quedó sin un ojo o un pie que lo perdió, recreándose y midiendo para que vieran los mismos centímetros, ni más ni menos, de una pierna con otra y el hueco del ojo bien hecho? Seguro que le pondrían unas telas para que no se vieran los pies, y una venda en la cabeza, si querían presentar que fue muerte de accidente.

Desperté, oí:

¡Qué cierto que ser artista
–como llaman en la Tierra–
es niño con fúsil en las manos,
que gran peligro te espera!

Él se hace creador,
y de la realidad se aleja.

Y ya, el Camino de Dios
le parece una barrera.

Busca opinión del hombre,
aunque la Gloria la pierda.

Porque no pinta ni talla
para que a Dios Lo quieran.

Por eso son pocos, pocos,
los artistas que Aquí llegan.


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Libro 18 - Dios No Quiere, Permite - Tomo III - Pag. 4-5-6