miércoles, 16 de octubre de 2013

Mi Dios de Compañero

En Sueño Profético hablaba Teresa de Ávila. Contaba hechos a ella ocurridos:

Un día, cuando iba por la calle acongojada y contenta, al pasar por una esquina, se asomaron a la puerta de una casa un grupo de cerca de 50, entre mujeres y niños. Yo perdí allí la cuenta. Había bastantes hombres, maridos de las mujeres aquellas. Sabían que era mi hora, que ya pasé varios días. Tenía que hacer gestiones con gentes de gran abolengo, que ya a mí me conocían y necesitaba de ellos más que la noche el día. Dentro de mi gran sufrir, me ayudaban a todo lo que podían. Fue uno de aquel grupo el que dijo de repente:

   ―¿Qué dirías tú, Teresa, si fueran a encarcelarte?

   ―¿Qué respuesta te daría que a mi Dios no Lo enfadara?

Si la cárcel es para la carne,
y mi carne no sabe nada,
ni hace bien, ni hace mal,
ni puede ir a la Gloria,
ni de la Gloria mandar.

Mi espíritu ya está en prisión,
en prisión que el centinela
quisiera que me quedara
en esa Prisión Eterna.
Pero por lo mucho que ama,
me deja que vaya y venga.

Yo sé que al verme el juez
que sentenciara mi causa,
vería a Dios en la Cruz,
aunque mirara mi cara.
Y mis palabras serían
cuchillos en su garganta,
porque serían palabras
desde la Gloria mandadas.

¡No amaría a Dios
el que a mí me encarcelara!

Yo voy y vengo al convento,
yo subo por la montaña,
yo me paro en una esquina
cuando de mi Dios me hablan.

Si esto es cometer delito,
de este delito no me apartan.

Desperté, oí:

¡Qué pena me daba oír
que me callara mi boca!

¡Qué pena me daba oír
que me trataran de loca!

Esta pena que sentía,
por mí no era el sentir,
era por el que decía:
“Teresa, ahora di
que tu espíritu lo arrobo
y vive conmigo Aquí,
y quiero que ame el hombre,
sin decir: Yo estoy Aquí”.


¡Qué pena que se equivoque
el hombre porque no ame!
¡Qué pena que él no quiera,
y manda encarcelarte!

Si mi carne me la encierran,
mi espíritu sale,
y abre los cerrojos de la cárcel
sin alborotar a nadie.
Y luego entraría,
quitando cerrojos y llaves,
sin temor al centinela.
Y luego las mismas llaves
le sirven al centinela
para encerrar a aquel que hable.

Si el hombre estuviera fijo
del grande Poder de Dios,
no Le daría martirio
cuando saliera la Voz
diciendo: “Me dicen. No digo”.

Yo tenía de Compañero
a mi Dios y a mi martirio.
Mi martirio sin mi Dios,
entonces sería martirio.
Y mi Dios de Compañero,
se me olvida el martirio.

TERESA DE ÁVILA


***

Libro 12 - Dios Comunica y Da Nombres - Tomo II - Pág. 121-122-123