domingo, 20 de mayo de 2012

Querían desmentir a aquel Judío

En Sueño Profético hablaba Juan y Tomás de una mañana en la sinagoga.

Dijo Juan:

Yendo un día con el Maestro –pues íbamos los doce–, cuando pasamos por un rincón de una calle –esta calle era donde vivían los más poderosos en dinero y en amistad con el recaudador, escribas y gente de mando–, al pasar estaba el rincón de la calle ya referida, lleno de gente, esperando que pasara el Maestro.

Dijo uno de los que nos esperaban:

   –¿Ya vais camino de la sinagoga?

Contestaron tres o cuatro:

   –Sí, según nos ha dicho nuestro Maestro.

   –Si nosotros vamos, ¿entramos?

Dijo el Maestro:

   –Yo, cuando hablo, predico y perdono, es para todos igual; ya queda el sí o el no para vosotros.

Siguieron detrás de Dios Hombre, y al llegar a la sinagoga, se extrañaron del gentío que allí aguardaba a este Maestro. Estaban en la puerta unas mujeres y le tiraron a los Pies unas hierbas muy olorosas que se criaban en aquel tiempo. Querían, los que lo habían seguido, que el Maestro les dijera qué tema tocaría –esto lo hablaban con los Discípulos que atrás quedaban–. Ya que el Maestro entró y quedó silencio, dijo el Maestro:

   –Yo, cuando hablo, es mi Padre el que elige el tema. Mi Padre habla a los espíritus que lo escuchan; unas veces vienen a oírlo con Amor, y habla para ésos; y otras veces son fariseos, y tiene que hablar para fariseos. El que viene a oír, no sabe lo que mi Padre va a hablar; mi Padre sí sabe a lo que vienen.

Desperté, oí:

Ellos querían saber el tema, para con su sabiduría desmentir a aquel Judío, que este nombre era muy corriente, como creyendo avergonzarlo.

Cuando el Maestro decía: “Mi Padre Me ha dicho”, y con esa dulzura accionaba, vieron que era Dios.

Cuando echaba la vista a algún extremo, sus caras palidecían.

Se guardaron las libretas que pensaban sacar para poner sus comparaciones.

Ellos querían decirle: “Tú no eres el Dios de Israel”.

Y el Padre quería decirles: “Éste es mi Hijo amado”.

El que a Dios Padre amaba, por el Amor conocía al Hijo.


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Libro 3 - La Palabra del Creador - Tomo I - Pag. 228-229-230