jueves, 13 de agosto de 2015

El desprecio de la curación

En Sueño Profético hablaban de las enfermedades del espíritu de cómo curarlas y cómo se enfermaba. Hacían comparaciones con las enfermedades de la carne. Decían:

El hombre ve bien todo el diagnóstico que le da el médico para la curación de la carne. Y a dos hombres con las piernas enfermas, a uno le manda quietud y a otro que mucho ande, y al que le ves quietud tiene sus piernas más sanas, mirándolas sin entender.

Si entras en un hospital con idea de hacer comparaciones verás un hombre flaco que el cuerpo no lo sostiene, pero tiene que cumplir con el medicamento que es andar agarrado a los muebles o paredes para que el médico lo cure. Verás una cama ocupada con un hombre de aspecto tan saludable que por no estar allí encamado por enfermo no lo toma nadie. Pues si preguntas al médico y el diagnóstico da grave ninguno dice que es mentira, que se levante y trabaje. Ya pueden morir los hijos de miseria y pasar hambre que el médico no daría el alta para que el padre trabaje.

Pues si a la carne se le trata así ¿por qué el hombre no se ocupa, sin disgusto ni quimera, de la curación del espíritu cuando dé la receta el que Dios elige?

Desperté, oí:

El sufrir más grande es querer curar y que te desprecien la curación.

Esto en un médico de conciencia.

Pues figúrate querer curar los espíritus y dar para que no enfermen y no poder recetar porque muy pocos te creen.

Qué cierto que a un hombre lo ves encamado, con buen color y buen aspecto, y no te da el censurar: “Qué vago ¿cómo podrá estar quieto?”

Ves una pierna deforme, por operación que le hicieron, y con muleta o bastón le manda el médico que ande.

Y a otro que no le ves diferencia de pierna sana o enferma le verás quietud en cama, pasando hasta años.

¿Tiene sentido que el hombre quiera curar lo que muere y no acepte receta del que Dios Mando le tiene?

Hasta que el hombre no crea en la inmortalidad del espíritu la curación no le llega.

El espíritu domina cuando la carne está enferma y si Dios le manda Mando la carne sana queda.

Pero receta al espíritu, sin tu querer, no le llega.

Es pena dejar el espíritu por no creer en la receta.


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Libro 65 - Dios Habla al No Quiero del Hombre - Tomo V