sábado, 8 de agosto de 2015

Esta mujer fue ejemplo de pueblos y capitales

En Sueño Profético decían:

El bien y el mal,
solos se presentan.

El bueno con el malo,
tienen su diferencia.

Del malo no se ocupan.
Del bueno cuentan y cuentan,
queriendo el bien achicar,
y sin caer en la cuenta
que el bien Dios lo manda ya,
con una u otra envoltura,
pero dentro bien irá.

Puede que en lo que va envuelto
te confundas tú al mirar.

Pues si a Dios no llevas dentro,
difícil diferenciar
lo que Dios manda del Cielo.

Dijo una mujer:

Por la puerta de mi casa pasaba todos los días una mujer para rezar dentro de la Iglesia del pueblo. Esta mujer era joven y valor le dabas al verla. Tenía también dinero y hacía vida de claustro. Cuando entraba en la Iglesia, todos quedaban mirando. El que vivía con Dios, a Dios veía a su lado. El que del Prójimo no sabía, sus juicios hacía malos.

Ya, una mañana, al pasar por mi casa, tenía yo a uno de mis hijos en brazos y a dos que me tiraban de la falda pidiendo caprichos de unos dulzajos que pasaban vendiendo. Ella se paró y me dijo:

“Acepte que yo cuide de los caprichos de sus hijos hasta que conozcan lo que pueden comprar o no. Vivo sola y vengo de la capital porque el pecado me persigue. Soy abandonada por mi marido. Él vive pecando, y yo me he venido al pueblo para que me conozcan hacer el bien y que este pueblo me guarde. Por mucho que yo dé, no pago el haber ahuyentado el pecado”.

Desperté, oí:

Esta mujer fue ejemplo
de pueblos y capitales.

Cuando el marido se fue,
ella se quedó llamando a Dios,
pidiendo por él.

Un cambio hace a la Gloria:
encarcelarse del mundo
y hacer la misericordia.

Y que esto a Dios llegara,
para que los pecadores,
del pecado se quitaran.

La Iglesia la fue llenando:
unos, copiando de ella;
otros, gracias iban dando.

A medio pueblo socorría
de sus rentas que guardaba.

Y su marido volvió
enfermo y abandonado.

El pueblo lo recibió,
y abrazo quedó sellado
con el ruego y la oración.

Para huir del pecado
tienes que querer a Dios.


***

Libro 14 - Dios Manda en su Gloria que Enseñen - Tomo II - C4